sábado, 19 de septiembre de 2020

Luis Antonio de Villena y el extenso relato de su vida

Libros biográficos y autobiográficos alineados en los estantes


El concepto ‘biografía’ se hace posible en muchos o casi todos los géneros literarios, y el de ‘autobiografía’ todavía con más intensidad. Formalmente, sin entrar en lo estricto, el escrito biográfico consiste en un trabajo realizado por alguien ajeno al que se decide biografiar, mientras que la literatura autobiográfica se ciñe, en primera persona –verdad obvia, de Perogrullo- a los escritos memorísticos y a los diarios, específica y forzadamente a los primeros, pues los diarios pueden desarrollarse, dejando a un lado el relato de la propia vida (y es lícito que sea así), únicamente en lo aforístico, en lo teórico, en lo filosófico. La biografía, y especialmente la autobiografía, puede extenderse, además, a la novela, al cuento, a la poesía, también al drama, propiamente al epistolario, más difícilmente al ensayo, pero sí holgadamente al articulismo, muy prolífico en este sentido.

La literatura atesora grandes ejemplos de obras autobiográficas, ora autobiografías verdaderas ora autobiografías planteadas en la premisa de la ficción, aunque contengan componentes verídicos. Dos ejemplos sabrosos de estas últimas son sendos libros de un mismo autor: Augusto y Tiberio, ambos de Allan Massie, un simpático escocés especializado en el mundo clásico a la vez que comentarista deportivo. Son novelas concebidas bajo la forma de unas deliciosas memorias apócrifas de los dos emperadores, padre e hijo adoptivo. En la primera Massie hace decir al poeta Virgilio en íntima conversación con el césar: “El poema terminado nunca es tan bueno como el poema que no se escribió; y, pese a ello, debe escribirse como si lo fuera. Cada comienzo contiene la semilla de un nuevo fracaso, pero eso no es excusa para no empezar.” (Léase mi artículo “Leer durante el confinamiento”, en la sección Libros Amigos de este mismo blog).

Se me permita poner otro ejemplo, en este caso de mi producción. Uno de mis libros, publicado en 2015 por la editorial madrileña Vitruvio, se titula La flor del humo (Autobiografía apócrifa de Gabino-Alejandro Carriedo), llevando como subtítulo Un relato interpretativo de la poesía española durante el franquismo. Estos emblemas, por sí solos, explican el contenido y la intención del libro. Antes de empezarlo a escribir, yo llevaba un tiempo persiguiendo la idea de abordar un trabajo que abarcase -y culminase, en este aspecto, mi quehacer- la historia de la poesía española acaecida durante el periodo de la dictadura de Franco (quise huir del otrora tan usado término ‘posguerra’, que hoy me parece harto impreciso).

Pero lo que no quería hacer, de ninguna manera, era una tesis, posiblemente farragosa, con epígrafes, notas a pie de página…, ¡No!, me dije contundentemente. Y esperé a que se me encendiera la bombilla. Y se encendió. La trayectoria del poeta Gabino-Alejandro Carriedo, nacido en 1923 y fallecido en 1981, se ajustaba muy bien a ese periodo. Él tuvo unas completas y fluidas relaciones con el gran número de pobladores del ámbito de esa época. Empecé a redactar pero no hablando yo, sino el propio Carriedo. Los datos que refiere son ciertos: los momentos históricos sucedidos en ese tiempo, las anécdotas del mundillo literario. Además, yo ya había publicado, nada más morir el vate palentino (residente tanto tiempo en Madrid), una biografía del personaje. De forma que mi libro es, cabalmente, a la vez que un riguroso trabajo de historia literaria, una auténtica biografía de uno de los mejores poetas del siglo XX. A veces se puede leer, degustando el discurrir apócrifo de Carriedo, como una novela; pero no invento nada.

En nuestra lengua hay ciertos libros de memorias que se tienen como canónicos: Mi último suspiro, de Luis Buñuel, memorias que no escribe él, sino que se las dicta a su guionista y colaborador, su amiguísimo Jean-Claude Carrière; Confieso que he vivido, de Pablo Neruda; La arboleda perdida, de Rafael Alberti; Memoria de la melancolía, de María Teresa León; las ricas y voluminosas memorias de Baroja, Desde la última vuelta del camino; o la estremecedora narración La vida de Rubén Darío –escrita por él mismo-, cuyos contenidos recreó Ian Gibson en Yo, Rubén Darío. Memorias de ultratumba de un Rey de la poesía, publicado en 2016, celebrando el centenario de la muerte del gran poeta. Rubén define la vida con la más justa aproximación: “La vida es dulce y seria”.

De autores más recientes, hay memorias gozosas; sólo nombraré dos: la autobiografía, en un par de tomos, del psiquiatra Carlos Castilla del Pino: Pretérito imperfecto y Casa del Olivo, y el también tocho memorístico de Francisco Nieva Las cosas como fueron, constituido en un relato riquísimo y entretenidísimo del, para mí, uno de los más grandes creadores españoles. Nieva nos cuenta que en un tiempo se drogaba mucho, gustándole probar una “paloma”, cocaína y heroína al cincuenta por ciento. Por lo que en estas memorias declara a propósito: “Lo malo de las drogas es que hay que dejarlas”. Lo que no dejó Nieva fueron los porros. Hasta que se murió, sólo faltándole un mes para cumplir noventa y dos años –y esto me lo trasmite su gran amigo el actor Emilio Gavira-, no dejó de fumar. Su marido le hacía unas “trompetas” formidables, a través de las cuales el insigne dramaturgo aspiraba el humo aromático tan a gusto.

La salsa de los libros de memorias es la fama de su autor, y también el poquito de polémica que conviene que tenga el personaje protagonista. Estos dos requisitos perfectamente los cumple Luis Antonio de Villena, un escritor muy conocido y sobre el que recae ese poquito de polémica traducido en que unos lo adoran y otros lo desdeñan. Quizás los primeros exageren, pero los segundos no son ecuánimes al desdeñarlo. La amplia y variada literatura de Luis Antonio de Villena (tiene más de cien libros publicados) puede gustar más o menos o no gustar, eso no admite discusión, ya que entra en las preferencias personales. Pero está fuera de duda que De Villena es un escritor total, siendo toda su producción genuina. Poeta por encima de todo, según él mismo admite, es crítico literario (ahí están sus incontables colaboraciones como crítico en Radio Nacional de España y El Mundo), ensayista, traductor, antólogo, cuentista y novelista; no ha escrito dramas porque desde antiguo ha visto muy complicado e inoperante el panorama teatral español. Se licenció en Filología, pero no ha sido nunca profesor. Siempre ha vivido de escribir y de colaborar, como escritor, o como tertuliano, en los medios. Sus novelas no son las clásicas novelas del poeta metido a novelista, pues siempre las ha escrito como algo natural a su vocación. Y sus antologías no son caprichos esporádicos derivados de compromisos comerciales, ya que Luis Antonio de Villena siempre se ha interesado, y ha querido reflejar con justicia, en algunos de sus libros, la marcha de la poesía contemporánea española. Sus declaraciones suscitan fieles adhesiones y también acentuados rechazos. Además, ser gay, difundiéndolo sin ambages, condición muy acentuada que recubre buena parte de su obra, propicia que alguna gente interponga ciertos endebles condicionamientos al valorarle como ser literario. Él lo declara sin tapujos: “yo soy de los gays que siempre he agradecido –pese a los momentos peores, que por cierto existen, y más de lo que supone- no haber sido jamás heterosexual.”

Luis Antonio de Villena es autor de tres libros de memorias, publicados, respectivamente, en los otoños de 2015, 2017 y 2019: El fin de los palacios de invierno (recuerdos de infancia y primera juventud), hasta 1973; Dorados días de sol y noche, hasta 1996, y Las caídas de Alejandría, los tres publicados en Pre-textos, en la misma colección y con el mismo formato. El último me lo dedicó hace muy poco en Valdepeñas, tras un acto que él protagonizaba, reunidos después los dos en una casa particular para una grata cena. Tras las ventanas la jocosa estampa de esa Ciudad del Vino, presente su también jocoso alcalde, que más que vino bebe güisqui. De Villena es aún joven, está a punto de cumplir 69 años, y no estaría mal que nos brindase un cuarto volumen, relatándonos, entre otras, las miserias de estos tiempos de pandemia. Aunque él no está por la labor: "Ignoro si -por raro azar- algún día pergeñaré unas raras memorias de vejez. No lo creo. Y ahora mismo -en este instante- no siento ninguna gana." Estas memorias, claro, son su vida, pero también una diáfana historia, o más bien intrahistoria, de los fértiles movimientos literarios, sobre todo españoles, pero también especialmente hispanoamericanos (a los que el poeta está muy unido), trasegados en las últimas décadas. La dinámica es asombrosa: las cenas, los paseos, los viajes en primera clase, las estancias en lujosos hoteles engullidos por el tempus de estos libros son incontables y llamativos, aparte de los trayectos en taxi, pues Luis Antonio de Villena, que no tiene carné de conducir, siempre se mueve en taxi. Mayormente secuencias divertidas, pero también, algunas, salpicadas de posos ácidos, fruto de lúcida reflexión. En estas densas memorias lucen provechosas referencias que prueban lo culto que es su autor, quien asimismo exhala el lamento de que los bárbaros (con sus barbaridades: rechazo a la lectura, predominio de la imagen, tecnología, Internet) ya nos han invadido.  

Las versátiles amistades recorren sin cesar estas casi millar y medio de páginas, pero asimismo la presencia de la soledad se impone: “Solo nos queda la soledad. Hazte amigo de tu soledad, lector. Es la final compañera. Has dormido con ella, muy a menudo.” El relato es absolutamente sincero. Él comenta, me comenta, este aspecto y confiesa: "Soy enormemente verídico. A veces hasta demasiado. La única licencia que me tomo es cambiar algún nombre propio, ya que si vive algún familiar, algún pariente, no tengan, llegado el caso, motivo de queja." El autor no se casa con nadie, ni pasa por alto a las personas, cuando confiesa su verdadero sentimiento hacia cada una; ni con la creación del ingente conjunto de amigos literatos que recorren las páginas; si encuentra defectos, o subsanables minusvalías, expresa su juicio con claridad, siempre bondadoso y sin hipocresía. Es de los pocos que calibran exactamente la posición del afamado Antonio Gamoneda, con quien Luis Antonio entró en contacto siendo el luego Premio Cervantes sólo editor y en una fecha no demasiado lejana, por mucho que se diga que Gamoneda es un componente neto de la Generación del 50. Hay una declaración de Gamoneda que a mí me sublevó, cuando dijo que él no había escrito mucho en los años de Franco por la censura; ¿le impidió escribir la censura? Y a los demás: Hierro, Celaya, Otero, etc., ¿por qué no les calló la censura? 

La profusión de párrafos del fecundo relato de la animada vida de Luis Antonio de Villena queda siempre sobrevolada por un hermoso saldo de cumplida existencia: “Mi vida ha sido siempre libros y chicos. Escritores, poesía, poetas y vida que busca en otra senda, no tan distinta, la belleza y el júbilo.”

 

lunes, 31 de agosto de 2020

Libros a medio leer


Dibujo y autógrafo de Federico Gallego Ripoll



Una pila que ha ido creciendo muy poco a poco durante el verano, porque no se trata de tochos. Excepto dos, o más bien uno y medio, libritos de poesía muy manejables. Sin excepción, todos de autores que son fraternales amigos míos. Por supuesto que cada hoja de cortesía está ocupada por una entrañable dedicatoria. Semanas que han estado ahí sin ser abiertos, intocables. Ahora me decido a hojearlos, sin leerlos del todo, y me atrevo a escribir algunas líneas sobre ellos y sus respetables artífices.

Comienzo por hablar de Agustín Porras. Su último libro es la novela El periódico y el pan, publicada por la maña y decana editorial Olifante. Porras es muy conocido sobre todo por dos cosas: por ser un acreditado biógrafo de Gustavo Adolfo Bécquer y por mostrarse como un activo editor de revistas literarias. Fue muy sólida la primera publicación seria que fundó entre las varias y más humildes que ya llevaba: Poesí
a, por ejemplo, colmada de vistosas secciones, de creación y crítica. Luego vinieron deliciosos caprichos: La primera piedra, con formato de periódico decimonónico, El Alambique, producto de la fundación del mismo nombre, y Oropeles y guiñapos, llamativa cita becqueriana. Agustín Porras recoge en un libro, publicado por Eneida, la vida del poeta Gustavo Adolfo, y además es autor de novedosos estudios sobre su inventiva, habiendo publicado además algunas ediciones de las obras del sevillano. Como poeta, es autor de una colección de coplas que aspiran a encontrarse, con el tiempo, en un sublime anonimato. El periódico y el pan es una diligente ficción que enmascara la experiencia vital de su creador. Se constituye en una narración grácil, desprovista de fábula, quiero decir de intriga, que relata unos hechos joviales (dulces, tristes a veces) que mucho hacen sonreír al lector que cosecha placer del bueno tras la lectura. El discurso está espléndidamente desarrollado y se sostiene en una muy literaria virtud principal: una poderosa sintaxis que conforma espléndidamente lo narrado.

Federico Gallego Ripoll ha acumulado dos títulos en mi pequeño rimero: La sombra de Miró, Premio de Aforismos Rafael Pérez Estrada, y Las travesías, Premio de Poesía Juana Castro, publicado en la prestigiosa editora sevillana Renacimiento. Todos los títulos de Gallego Ripoll han sido premiados. Él dice que se presenta a los certámenes porque le resulta complicado el proponer su obra a los editores. Yo a Federico lo conozco desde hace mucho; ambos fuimos invitados a participar en la primera edición de las Jornadas Poéticas de Cuenca, puestas en marcha a mitad de la lejana década de los años 80 del siglo XX. Mantuve, en esos inicios, una intensa amistad con él. Más tarde adquirimos cierto parentesco, ya que cuando yo me casé por segunda vez, mi nueva mujer era prima suya. De forma que, además de ser grandes amigos pasamos a ser primos. Federico Gallego Ripoll es un gran lírico, o sea: un gran poeta. Sus versos muestran una sublime potencia verbal como ésta: “Con insistencia miro el agua, / hasta que germinan las semillas / y brotan, altos, los lirios transparentes, / el fruto con que en el limo / se gestaron las lágrimas.” El también alto poeta Teo Serna, surcando las prodigiosas páginas de Las travesías, escribe: “He tenido la impresión de caminar por un desierto cuando he caminado por este libro, un desierto que en quietud aparente, no cesa de mover sus dunas, no deja de mostrar sus oasis, no deja de reclamar la sed constantemente: para eso están esos oasis; para eso están, también, los espejismos que Federico nos ofrece como relámpagos que aparecen para desaparecer luego en lo hondo, en nuestra hondura más secreta, para quedarse allí, acurrucados, como pájaros sin nido, negros y secretos.”

Precisamente una cita de Federico Gallego Ripoll (“Así en la tierra como en tu cuerpo”) abre la reciente colección poética de Santiago Sastre, A cuerpo gentil, que ha publicado la editorial toledana Ceyla. Nacido como 15 años antes que yo, o sea, situado en otra generación según el cómputo orteguiano, en un tiempo fui su maestro; pero con el tiempo, como dijo Eduardo Chicharro de Carlos Edmundo de Ory, “él lo fue mío”. Es un escritor muy versátil, muy activo. Autor de varios poemarios, lo es también de libros de narrativa infantil y juvenil, de género teatral y de género negro desarrollado en varias novelas protagonizadas por el detective Augusto Alpesto. Es asimismo antólogo de la poesía toledana contemporánea. Es un poeta sumamente abierto, incluso desenfadado (no hay más que leer algunos de sus títulos: Poeta en jamó
n York, Hablando de la vida con mis jugos gástricos…). Sus proposiciones son completamente diáfanas y contundentes: “La sopa antes que el postre. / El garaje antes que el tejado. / El tres antes que el cinco. / El segundo antes que la hora./ […] Sin embargo la vida al mismo tiempo / que la muerte.” Su poética queda muy bien establecida: “Muchos piensan que la poesía es un rollo, o aburrida, y difícil de entender. Con mi poesía intento que la gente se aficione a la poesía, que vea que puede ser clara, divertida y emocionante. La poesía nos ayuda a ver (porque muchas veces miramos sin ver, como decía A. Machado) y nos agranda la mirada para ver más y mejor.”

Cuando entré en tratos con Jesús Maroto en Toledo, él formaba parte del grupo Solano, en el cual se integraba también el malogrado José Pedro Muñoz. Entre las actividades que desarrollaban, contaba una muy atractiva: disponían una mesa de camping en las Cuatro Calles de la Ciudad Imperial y se ofrecían al público para escribir poemas que ese público les pudiese encargar; para la novia, para el novio, para los padres, los amigos, los hijos, o cualquier tema requerido. Después hemos compartido cantidad de eventos literarios y en numerosas ocasiones nos hemos embriagado juntos de poesía y de lo que no es poesía. Me atrae mucho la poética de Jesús Maroto, plena en escuetas proposiciones y certeras al máximo, acercándose a las supremas proposiciones wittgensteinianas, porque, como ocurre en la inspiración marotiana, “Die Welt ist alles, was der Fall ist” (“El mundo es todo lo que acaece”). Su poesía es un diálogo, una conversación con el lector elevada a la perfección. Uno de los emblemas que preside mi gabinete es un breve y sabio poema de Jesús Maroto: “Escribe / me / aconsejan / como / si / escribir / no / fuera / una / terapia / peligrosa.” En Polvo y gas (editorial Celya), el lenguaje poético pega la hebra en un discurso conciso y admirable, totalmente cargado de irreprochable lucidez: “Breves instantes / que voy reuniendo / en mi álbum de la cotidianidad. // Algunos se repiten. // Pero por qué no consigo // esa cara de felicidad.” De irreprochable, irónica y risueña erudición: “En poesía, / ideas no. / Que las carga Platón.” Muy próximo a aparecer De la inquietud (y tres poemas invitados), que contiene los poemas que Maroto escribió durante el pasado confinamiento impuesto por la pandemia. 

La personalidad artística de José Ángel García destaca como una figura intelectual y literaria de las más consistentes de Castilla-La Mancha. Una persona muy madrileña a la vez investida como muy conquense. Dirigió la RACAL, Real Academia Conquense de Artes y Letras. Su obra es copiosa y cuidadosamente publicada, repartida con pulcritud a lo largo de más de veinte títulos ubicados en los géneros poético, narrativo y ensayístico. Sus artículos de prensa y columnas, también recopilados en libro, son incontables. Porque él ejerció muy activa y prestigiosamente la profesión de periodista. Su actividad radiofónica siempre fue intensa; su bella voz de locutor y su conocimiento de la historia de la música brindaron durante años a los oyentes de Radio Nacional de España jugosos comentarios adjuntos a las retransmisiones en directo de los conciertos celebrados en Cuenca dentro de la Semana de Música Religiosa. Su poesía está henchida de una directriz poética que se llena solemnemente de lo metapoético, pareciendo atender a la máxima de Wallace Stevens en el sentido de que el tema del poema siempre es la poesía: “secuestrada en el tiempo / la / palabra / a / sí propia / se / toma / por / rehén”. Publicada hace un tiempo su poesía completa exhibiendo una cuidadosa estructura, ahora vuelve a editar sus nuevos versos en la madrileña editorial Vitruvio (No le busques cinco pies a un verso), donde su poesía reanuda impecablemente esa jugosa versatilidad en cuanto a fondo y forma (mensaje y grafismo) tan noblemente propios en el lírico decir del autor. Otra vez el tan caracterizado idioma poético alcanza un seductor protagonismo: “Debemos –afirmó con voz severa / el grave portavoz de la conciencia- / con cuidado proceder ya que el lenguaje que en tantas ocasiones /a nuestra causa, traicionero, no coadyuva, / bien podría, incluso, / incitarnos a pensar erróneamente deduciendo / que conseguir podremos / las propias emociones con eficacia / controlar / a simple golpe de verbo.”

Yo esgrimo la posiblemente errática opinión de considerar la poesía como el único género literario que sólo deberían cultivar los jóvenes, pues sólo los jóvenes practican, en plenitud, el deporte o el sexo sin tapujos y sin precauciones. Pues yo creo –repito, tal vez erróneamente- que la poesía necesita, para expandirse libremente, de una acrobacia o un malabarismo para los cuales, quizá, las personas maduritas ya no se encuentran muy capacitadas. Estos poetas de los que he hablado ya no son, desde luego, unos pipiolos, pero mi teoría queda totalmente invalidada al enfrentarme a la poesía de estos cinco sintiéndola gozosamente como un producto completamente juvenil.


Presentación del libro de Jesús Maroto escrito durante el confinamiento


jueves, 18 de junio de 2020

Un epitafio aragonés, uno gallego y otros latinos




Lo supe durante el transcurso de una velada cálida y jaranera celebrada en la terraza del bar Peña de Litago mientras discurría una de las últimas ediciones del Festival Internacional de Poesía Moncayo, organizado por la impagable Trinidad Ruiz Marcellán, fundadora de la ya legendaria editorial aragonesa de poesía Olifante. Era una noche calurosa a los pies del gran monte; en ese momento, un grupo lo trepaba con linternas. Haciendo corro a cócteles, cortezas, se encontraban -entre otros afines- Reyes y David, directores de las vistosas Ediciones Pregunta de Zaragoza; Manuel Martínez Forega, Agustín Porras, José Ángel García, Luis Tamarit; Antón Castro, Columna Villarroya... Al día siguiente, todos tributaríamos en Veruela.

Lo contó Trinidad y lo corroboró Ángel Guinda, esgrimiendo el gracejo socarrón exhalado desde la cantarina habla mañica, tan acusada en ambos: Un habitante del pequeño pueblo de Litago se quejaba de insistentes molestias, anunciando que pronto fenecería, no haciéndole nadie mucho caso en su entorno familiar. El buen señor redactó una breve y certera frase y metió el papelito en un sobre que dio a sus allegados para que lo abriesen después de su óbito. Y hoy la leyenda luce, oronda, en el cementerio de Litago: YA DECÍA YO QUE ESTABA MALO.¡Mañico hombre preclaro! No hay que olvidar que la voz "maño" se sitúa, etimológicamente, en un sentido irónico del vocablo latino "magnus".


Última hora. Noticia de alcance. Mi viejo amigo el escritor y periodista gallego Francisco López-Barxas me comunica que en el camposanto de su pueblo orensano se lee, en una ostensible lápida frontal, la siguiente inscripción que exhibe un muy palmario doble sentido: AQUÍ YACE MI ESPOSA ANGELINA, TAN FRÍA COMO SIEMPRE...

Porque un muy atrayente mérito literario (ay, tan inusual) del epitafio viene de su ironía, la marcada distancia entre dos realidades adversas, la de la muerte y la de la vida. No conozco mejor definición de la ironía que la de Fernando Pessoa: “La esencia de la ironía consiste en no poder descubrirse el segundo sentido del texto por ninguna de sus palabras, deduciéndose, sin embargo, ese segundo sentido , del hecho de ser imposible que el texto deba decir aquello que dice.” (La traducción al español es del gran poeta y lusitanista Ángel Crespo).

Los romanos se enrollaban mucho en sus epitafios. En las tumbas, el cincel adquiría claro protagonismo. A los romanos les placía resumir su vida, y sobre todo su oficio, en esas inscripciones póstumas. A los lados de la aún bien asentada Vía Apia, saliendo de la misma Roma, pueden apreciarse aún estas inscripciones. Así rezaba el epitafio de un pobre inquilino de una de esas frágiles insulae (endebles edificios como serían hoy toscos bloques) de la ciudad del Tíber: YA NO ME PREOCUPA MORIR DE HAMBRE. ME HE LIBERADO DE MIS DOLORIDAS PIERNAS Y DE CONSEGUIR UN DEPÓSITO PARA EL ALQUILER. DISFRUTO DE COMIDA Y ALOJAMIENTO GRATIS POR TODA LA ETERNIDAD. Lo cita Mary Beard en uno de sus entretenidos libros sobre la historia de Roma.

El que más se entusiasmó, en este sentido, fue el emperador Augusto, extendiéndose sobremanera en el monumental Ara Pacis que ideó para que su memoria, ampulosamente, perdurase.

Otra tumba romana quita hierro al asunto: NO EXISTÍA. HE EXISTIDO. YA NO EXISTO. ¿QUÉ IMPORTANCIA TIENE? Ya que los romanos, paganos, no creían en una vida eterna tal como los cristianos luego la concibieron. Pensaban solamente que las almas se introducen en un infierno sin valoración moral, donde las sombras de lo que fueron se ocultan en un ámbito subterráneo hollando a disgusto un despreciable fango.

Pero mi epitafio preferido es uno que proviene de la desdichada Pompeya, de un afortunado que se ahorró el gran desastre de la erupción del Vesubio. Es una cabal expresión sintética, económica al cien por cien y que no puede ser más atinada: QUOD FUERAM NON SUM = LO QUE YO HE SIDO YA NO SOY.

sábado, 13 de junio de 2020

Un par de anotaciones sicilianas

Vista aérea desde Erice

Erice

La actual Erice es la depravación, descarada e infame, de un pasado que no pudo sostener, perpetuándolo, la erigida belleza de sutiles razones, delicadas e inamovibles.

Ciertas solemnidades se implantaron a la caída de ese Imperio. Y aquellas sugerentes columnas espigadas dieron paso a compactos muros, impenetrables y almenados.

Luego las calles fueron insolentemente empedradas. Sólo quedó la noble y acogedora umbría de un jardín recoleto y las incomparables vistas circundantes.

Hoy la coyuntura está salpicada de restaurantes con mobiliario de metacrilato. Y un parquímetro obligatorio donde el precio de la primera hora de estacionamiento sube, con lironda desfachatez, a dos euros.

Y ni rastro de Anquises.


San Liberale de Trapani

San Liberale dicen que fue centurión o algo parecido y que además fue liberado del pecado del paganismo, siendo primero mártir, luego santo. 

Hoy disfruta de una sosegada y amable madurez eterna, renovada jubilación, merodeando en los alrededores de su modesta iglesia; sin embargo, para siempre ya mora con la dichosa calma de un sencillo pagano de la decadencia.

Ahora fuma en pretiles, en los bancos del paseo del puerto, con la rubia mozuela de la trattoria. Se protege en invierno de la brisa marítima con chaqueta de pana. Y da algunas patadas al balón de unos niños.

Es visible para los niños, la camarera de la trattoria y alguna que otra aura sensible. E invisible para el turista, los profesores que viven en Erice y el párroco de la chiesa di San Liberale.

Se pasa densas horas cabizbajo en una esquina de esa tosca cabañita eclesial leyendo El guardador de rebaños en un viejo ejemplar.


Muy atinado, San Liberale también cree que, así como Alberto Caeiro alababa el río de su aldea por encima del renombrado Tejo, para él, asimismo, las modestas olas que, monótonas, lamen el espigón de Trapani, superan en candor todo el prestigio del Tirreno.


(Fotos: Rosario Quevedo)

Iglesia de San Liberale en Trapani

martes, 9 de junio de 2020

Tiempo: ángel caído de la eternidad

Poema visual de Teo Serna

Al poner el primer pañal a 2020, ¿cómo podíamos imaginar todo lo que  nos iba a caer en un par de meses? Podría habérsenos pasado por la cabeza cualquier cosa, una confrontación nuclear incluso; pero ¿esto?  “¡Feliz año! ¡Feliz año!”, repetía la expresión, incansable, después de haber sonado las campanas. “¡Feliz engaño! ¡Feliz engaño!”, hubiera sido un soniquete más cabal, pues la primera expresión verbal del deseo viene escamoteada; ya que seguro que se está seguro de que el año entrante  ̶ dado el agravamiento de las cosas (a lo que se añade la lejana epidemia convertida en impensable pandemia) ̶  será más desdichado que el saliente. El obligado augurio se podría haber formulado con este guiño irónico: “Imaginemos que el año nuevo no sea tan malo como imaginamos.”

Cuando después del devaneo inicial, sospechando lo que no creíamos creer, se activaron las alarmas, un peculiar carácter del tiempo imperó, se enseñoreó del ambiente, saliéndose de su fluidez acompasada que participa sin notarse en la infinidad de actos realizados. En esta ocasión, pasó a ser un ente turbio, por lo tanto espeso, por lo tanto tangible (casi la única negra realidad poseída). La cotidianidad equivalía, insistente (aún de alguna manera lo hace), a tiempo incierto, a futuro desprovisto, a pasado irreconocible, a presente gastado y soso que ha dejado de apoyarse vivíficamente en esas dos salvíficas muletas. Sólo el consuelo llegaba, sigue llegando, pues endeble es aún la diversión permitida, de la contemplación (que no precisa temporalidad) de la Naturaleza, del ejercicio en la lectura o la visión de la pantalla, artes que escamotean el tiempo presente velándolo con el antes y el después. 

La existencia se debe, más que a la compleja, resuelta e inalterable química vital, al estatuto indoblegable del tiempo. Y eso que el tiempo no fue un ente sempiterno, estatuido desde el principio del Universo, sino un ángel caído de la eternidad, según el neoplatónico Plotino; caído por la apetencia voluptuosa del alma, que requería de tiempo para plenamente satisfacerse. Sin tiempo, entonces, no habría palpitación de vida, pues sin tiempo no existiría sucesión, movimiento; indispensables en el transcurso vital. Sin tiempo tampoco existiría el coronavirus. ¿Sólo la eternidad es concebible sin movimiento? ¿O habrá que pensar quizá que la eternidad cunde en una inmensa ráfaga inacabable de tiempo?

Hace poco acabé de releer La Montaña Mágica. Ya el propio Thomas Mann recomienda la relectura de su copiosa novela para comprender del todo su rico mensaje. Thomas Mann, el mejor novelista del siglo XX. La Montaña Mágica, la mejor novela de ese siglo, donde cabe todo: magníficas descripciones, consuetudinarias y oníricas, sabrosas reflexiones incesantes… Máxima novela del tiempo; su intrínseco discurso dilucida apuntando al tiempo. Un egregio producto de narración sabiamente administrada.

A través de uno de sus personajes, en La Montaña Mágica se afirma que el sentimiento tiene un carácter divino. Una cosa es sentir y otra pensar. No es más sabio pensar que sentir. La Naturaleza no piensa, sólo siente y, sin embargo, nada la supera en sabiduría. Un buen amigo mío me escribió en la cuarentena enarbolando esta aforística definición de Gaston Bachelard: «La poesía es un alma inaugurando una forma». Yo le respondí enrollándome con el tajante dictamen de Ferdinand de Saussure, en el que el ilustre lingüista afirmaba que «la lengua siempre es forma, no sustancia». Los elementos significante y significado del signo lingüístico pertenecen ambos a la forma. El pensamiento, constituido por palabras, por lenguaje, es enteramente formal. Sin embargo la sensación se orienta a la sustancia. El fallo pitagórico sentencia que el número domina al flujo. Lo concreto sobre lo abstracto. El pensamiento sobre la sensación. La forma, en definitiva, sobre la sustancia.

En el dilema «pensar versus sentir» se halla este verso de Fernando Pessoa: «Lo que en mí siente está pensando», que refleja esa inclinación humana de tender casi siempre a transformar la sensación en pensamiento. El pensamiento es estático, atormentando con frecuencia su capital ejercicio: el reflexionar. La sensación, por el contrario, es dinámica; es más, alígera. Y cuando el pensamiento artístico propende a la imaginación (su más alta ejecutoria), el componente principal para llevarla a cabo es la sensación.

En cierta ocasión le preguntaron a Gregorio Marañón que de dónde sacaba el tiempo para hacer tantas cosas. A lo que el eminente escritor y médico respondió: “Yo soy un trapero del tiempo”, lo que significaba que él aprovechaba al máximo esos minutos tomados por despreciables en la ganga de la trapería temporal.


Sólo el hombre piensa; ese producto humano, exclusivamente humano, el pensamiento, tiene su lado noble, mas también su faz perversa: tanto el arte, la literatura, como el engaño conviven en el pensamiento, que es capaz de generar las cosas más hermosas junto a las más viles. El sentimiento inocente, en el hombre, se puede convertir fácilmente en pensamiento, siempre ambiguo, siempre engañoso. Dios no piensa, o no debe pensar, porque si lo hiciese tendría tendencia a ser un tipo malo e incurriría en maldad, como nosotros. Pues para nosotros el pensamiento se basa en el lenguaje, se piensa con palabras. Eso es lo malo, lo falso. Quizá Dios pueda pensar de otra forma y su capacidad creativa pueda lograr unos límites más puros que los nuestros. De ahí que Logos, lo que existía sólo en un principio, se pueda traducir cabalmente, no como Verbo, como simple palabra, sino como la genuina Mente Pensante de Dios.