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lunes, 17 de octubre de 2022

Vocablos en disputa

Rosario Quevedo y Ángel Guinda en Peralejos de las Truchas. Fotografía de Manuel Martínez Forega



sólo y solo
 

"El poeta sólo está solo", afirma un aforismo del poeta Ángel Guinda (Zaragoza, 1948-Madrid, 2022). La gracia de esta máxima consiste, además de su apuesta por la siempre atractiva figura retórica de la aliteración, en la presencia y en la ausencia de la tilde en los dos vocablos homófonos: "sólo" y "solo", dotados de una misma sonoridad pero diferenciados por un distinto significado, cada uno perteneciente a una contraria categoría gramatical; el primero adverbio y el segundo adjetivo. 

Pues bien, si este aforismo de Ángel Guinda se reprodujese hoy en un diario, siguiendo el libro de estilo de los periódicos, o insertado en un texto publicado por una gran mayoría de editoriales (copiando ambos homófonos sin acento), el apotegma del vate maño perdería su gracia. La RAE no obliga totalmente a que se prescinda del acento en "sólo" cuando es adverbio y se pueda sustituir por "solamente". Pero vivamente lo recomienda. Argumenta que el contexto aclara su significación, deshaciendo entonces la ambigüedad. Y no es así. 

Yo siempre pongo un claro ejemplo para mostrar que no es así: "Mick Jagger duerme solo en el Ritz". A ver quién es el guapo que sabe exactamente, ateniéndonos a esta sucinta forma expresiva, si el cantante de los Stones se aloja únicamente en el lujoso hotel o acaso pernocta en él sin compañía.


 

Rincón de Sierra Luenga. Fotografía de Rosario Quevedo




cojer juanramoniano 

Desde Consuegra, por la Avenida del Imperio Romano, mi coche vacilón, jovial currito, tomó la carretera que llaman de Valdespino y lo aparcamos al terminar el asfalto, iniciando una pista que nosotros denominamos Camino de las Vacas. Lógica bien atribuida, ya que enseguida una cándida res albina nos salió al encuentro mirándonos fijamente hasta perdernos de vista. 

Ascendimos un tanto hasta los parajes de Sierra Luenga, en plenos Montes de Toledo. Mientras (era aún muy temprano y ya había claridad envolvente), la rutilante moneda del sol, recién acuñada, sobresalía triunfante por la todavía oscura silueta de la larga cuerda que teníamos enfrente. 

A orillas de la senda, tras superar el paso canadiense, se exhibía un cartel en el que se podía leer: “Prohibido cojer níscalos”. Ese “cojer” con jota. Yo, con mi bastón acompasando el paso, comenté a mi mujer que esa errata no me parecía muy gorda; mucho más gorda me parecería “árvol”, con uve, “biento”, con be, “hapóstoles”, con hache. Mi esposa disentía, diciéndome que no había excusa en que “cojer” y “coger” tuviesen una idéntica solución fonológica, equiparando sus realizaciones acústicas, así como ahora en español igualamos el sonido bilabial de la be y el labiodental de la uve. Las laderas que contemplábamos, recién inundadas de la luz de Febo envolviendo a los pinos en cascada, se conformaban, tamizadas, como una muy sedante estampa. 

Sumidos en diatriba, la melosa brisilla arrastraba el aforismo de Wittgenstein: “Una nueva palabra es como una semilla fresca que se arroja al terreno de la discusión”. No se puede decir que estuviésemos discutiendo dos filólogos, término muy subido, pero es cierto que dimos, con cierta pericia, capotazos al dulce toro, algo lleno de aristas, de la lingüistica. Yo insistía en que si Juan Ramón Jiménez optó en sus altos escritos por las palabras “intelijencia”, o “antolojía”, también “cojer”, con jota, ello ya servía de modelo potencial para el hablante que usase de estos modos, sin incurrir en falta ortográfica. Yo defendí, por tanto, la inmensa autoridad de un escritor de la valía de JRJ. Acabamos teniendo razón ambos, mi racionalista mujer y mi yo un poco antojadizo. 

Subimos a la cuerda, descansamos, deglutimos un tentempié y bebimos algo de vino en cima recoleta. Al abrigo de unos peñascos, serenos centinelas de la altura bajo el aguilucho, cundió en el aire límpido nuevamente el susurro de Wittgenstein: “Deja hablar sólo a la Naturaleza y reconoce por encima de la Naturaleza únicamente algo mayor, pero no lo que los otros pudieran pensar.”

jueves, 18 de junio de 2020

Un epitafio aragonés, uno gallego y otros latinos




Lo supe durante el transcurso de una velada cálida y jaranera celebrada en la terraza del bar Peña de Litago mientras discurría una de las últimas ediciones del Festival Internacional de Poesía Moncayo, organizado por la impagable Trinidad Ruiz Marcellán, fundadora de la ya legendaria editorial aragonesa de poesía Olifante. Era una noche calurosa a los pies del gran monte; en ese momento, un grupo lo trepaba con linternas. Haciendo corro a cócteles, cortezas, se encontraban -entre otros afines- Reyes y David, directores de las vistosas Ediciones Pregunta de Zaragoza; Manuel Martínez Forega, Agustín Porras, José Ángel García, Luis Tamarit; Antón Castro, Columna Villarroya... Al día siguiente, todos tributaríamos en Veruela.

Lo contó Trinidad y lo corroboró Ángel Guinda, esgrimiendo el gracejo socarrón exhalado desde la cantarina habla mañica, tan acusada en ambos: Un habitante del pequeño pueblo de Litago se quejaba de insistentes molestias, anunciando que pronto fenecería, no haciéndole nadie mucho caso en su entorno familiar. El buen señor redactó una breve y certera frase y metió el papelito en un sobre que dio a sus allegados para que lo abriesen después de su óbito. Y hoy la leyenda luce, oronda, en el cementerio de Litago: YA DECÍA YO QUE ESTABA MALO.¡Mañico hombre preclaro! No hay que olvidar que la voz "maño" se sitúa, etimológicamente, en un sentido irónico del vocablo latino "magnus".


Última hora. Noticia de alcance. Mi viejo amigo el escritor y periodista gallego Francisco López-Barxas me comunica que en el camposanto de su pueblo orensano se lee, en una ostensible lápida frontal, la siguiente inscripción que exhibe un muy palmario doble sentido: AQUÍ YACE MI ESPOSA ANGELINA, TAN FRÍA COMO SIEMPRE...

Porque un muy atrayente mérito literario (ay, tan inusual) del epitafio viene de su ironía, la marcada distancia entre dos realidades adversas, la de la muerte y la de la vida. No conozco mejor definición de la ironía que la de Fernando Pessoa: “La esencia de la ironía consiste en no poder descubrirse el segundo sentido del texto por ninguna de sus palabras, deduciéndose, sin embargo, ese segundo sentido , del hecho de ser imposible que el texto deba decir aquello que dice.” (La traducción al español es del gran poeta y lusitanista Ángel Crespo).

Los romanos se enrollaban mucho en sus epitafios. En las tumbas, el cincel adquiría claro protagonismo. A los romanos les placía resumir su vida, y sobre todo su oficio, en esas inscripciones póstumas. A los lados de la aún bien asentada Vía Apia, saliendo de la misma Roma, pueden apreciarse aún estas inscripciones. Así rezaba el epitafio de un pobre inquilino de una de esas frágiles insulae (endebles edificios como serían hoy toscos bloques) de la ciudad del Tíber: YA NO ME PREOCUPA MORIR DE HAMBRE. ME HE LIBERADO DE MIS DOLORIDAS PIERNAS Y DE CONSEGUIR UN DEPÓSITO PARA EL ALQUILER. DISFRUTO DE COMIDA Y ALOJAMIENTO GRATIS POR TODA LA ETERNIDAD. Lo cita Mary Beard en uno de sus entretenidos libros sobre la historia de Roma.

El que más se entusiasmó, en este sentido, fue el emperador Augusto, extendiéndose sobremanera en el monumental Ara Pacis que ideó para que su memoria, ampulosamente, perdurase.

Otra tumba romana quita hierro al asunto: NO EXISTÍA. HE EXISTIDO. YA NO EXISTO. ¿QUÉ IMPORTANCIA TIENE? Ya que los romanos, paganos, no creían en una vida eterna tal como los cristianos luego la concibieron. Pensaban solamente que las almas se introducen en un infierno sin valoración moral, donde las sombras de lo que fueron se ocultan en un ámbito subterráneo hollando a disgusto un despreciable fango.

Pero mi epitafio preferido es uno que proviene de la desdichada Pompeya, de un afortunado que se ahorró el gran desastre de la erupción del Vesubio. Es una cabal expresión sintética, económica al cien por cien y que no puede ser más atinada: QUOD FUERAM NON SUM = LO QUE YO HE SIDO YA NO SOY.