miércoles, 3 de febrero de 2021

Escarcha en la Laguna de las Yeguas

Foto: Javier Sánchez


A Rosario y a Ana,
en recuerdo de un 
mágico paseo
 


Se entra en un mundo de blancas proposiciones / como vetas brillantes y muy útiles / para aliviar el peso de las resacas./ Sólo tenues veredas motejadas de tierra / contrastan con la escarcha / que cubre totalmente los campos / y arruga la laguna / como pálida cola de conejo.

El paisaje es un texto. / Verosímil. / Las ramillas, fonemas; / las yemas rasas, sílabas; / lexías las ramas del tronco del albo almendro-frase; / y el olivar es cláusula risueña / y en los nidos encanecida. / Y el sol no es sino luna /  
que ha vencido sobre el coñazo del tiempo / y ha logrado el translúcido resplandor / en el continuum aire-agua-barbechos-pedregal.

Pero esos perros grandes / acaban de nacer de la tierra, / son de color marrón, pardos, negruzcos. / Las cagarrutas del rebaño, / gemas que Lorenzo abatido / trata inútilmente de reverdecer.

Mientras, las blancas cigüeñas, / con sus blancos chasquidos, / saltan de uno en otro blanco poste / coronados de blancas pajas: / las cigüeñas acaban siendo niños jesuses / recién inscritos en el panteón / 
de esta excéntrica saturnal pagana.


"Por San Blas la cigüeña verás, y si no la vieres, año de nieves"


viernes, 15 de enero de 2021

“Biografía: Amo y escribo”, por Casimiro de Brito. Traducción de Amador Palacios


Casimiro de Brito


CASIMIRO DE BRITO. Poeta, novelista y aforista. Nació en el Algarve en 1938. Comenzó a publicar en 1957 y, desde entonces, ha publicado más de 70 títulos, en Portugal y en otras treinta lenguas. Ha dirigido varias revistas literarias, entre ellas los “Cuadernos del Medio Día”, con António Ramos Rosa. Estuvo ligado al movimiento “Poesía 61”. Ha ganado varios premios, nacionales e internacionales, entre ellos el Premio Leopoldo Sédar Senghor de la Academia Martin Luther King y el Premio de haikus de la World Haiku Association. Fue presidente del PEN Club y de la Asociación Europea de la Poesía, de Lovaina. Incluido en más de 200 antologías en Portugal y en el Extranjero. Fue nombrado Embajador Mundial de la Paz, en Ginebra. Y agraciado con la Orden del Infante por el presidente de la República portuguesa. Su poesía completa hasta el 2000 va a ser brevemente editada por Glaciar.

(De la solapa del Livro de Eros ou as Teias do Desejo, publicado en 2020 por Razões Poéticas, siendo el primer volumen -de 1.200 fragmentos; de los primeros cien se han extraído los textos traducidos- de una extensa obra bajo el título genérico Livro de Eros, dedicado al amor)

Si se quieren conocer más traducciones de Casimiro de Brito, se puede acudir a las versiones, por mí realizadas, de sus “Haikús de amor”, publicados por la revista Odisea Cultural.

 



La muerte no existe. Todo es sexo y canto.

Eros es un monte. ¿Alto, bajo? Unos suben, otros bajan. O: unas veces ascendemos, otras veces caemos. E incluso cuando somos dos, una pareja, todavía apasionados, no subimos ni bajamos al mismo tiempo. Y este monte, que llamo Eros, carece de planicie, no hay en él un sitio de reposo, ¡un jardín de las delicias! ¿Instantes de íntimo placer? Eso sí.

Quizá yo pueda ser amigo tuyo cuando salgas de mi vida. Ahora no: te amo y quiero que me ames. Amar es dar lo que se tiene y lo que no se tiene, lo que ni siquiera se sabe que se tiene. Decimos estas cosas, más con gestos que con palabras, cuando deambulamos por los locales sagrados de Astarté, la diosa de la Luna y del Amor y nos bañamos en la cascada que lleva su nombre y donde los amantes del culto del amor se miran, hace milenios, a los ojos. Astarté fue diosa de los navegantes fenicios y corrió por el mundo de esa época en la proa de sus barcos y en sus corazones: ahora yo la traigo conmigo, y me basta mirar al cielo para sentir vuestra fertilidad y el ciclo de la muerte como algo natural.

Atento estoy como un gato a las moscas del amor que pasa.

Poligámico soy, a mi manera: ágape, filia y eros cruzándose, fundiéndose, dispersándose, maravillándome en alegría y sufrimiento.

En la montaña nevada. Estamos cansados o deseamos descansar, sentimiento indefinido de cuerpos insaciables. Ella va a la terraza y viene con las manos llenas de nieve, que derrama en mi sexo y luego en el suyo. Fuego blanco.

Te amo. Quiero decir, Déjame luchar contigo. Vencerte y ser por ti vencido.

Te amo, decimos muchas veces. En varias lenguas. Es que nosotros, los amantes, tenemos poca memoria.

El sexo es un festín; amar, una ceremonia.

Mi deseo, en el amor y en la poesía, es el mismo: aproximarme al canto y al sexo en todo lo que toco. Las palabras raramente se alejan mientras amo - o tal vez sólo cuando la muerte me vive. La pulsación erótica nunca se exilia de mis poemas, de mis aforismos, de mis ficciones, hable del más allá o de las piedras hable; siempre estarán repletas de tensión. Vienen a la cama conmigo. Mi cuerpo quiere fiesta, fiesta, más fiesta. Qué bueno haberme liberado de la monogamia.

Las manos de la mujer en el rostro del hombre, y después en los hombros; las manos del hombre en la cintura de la mujer, y después en las nalgas. Movimientos que casi dejan de serlo, pues parecen, por un momento, parados en el tiempo. Mas después vienen otros movimientos de alegría, los cuerpos se abren y se cierran en espiral, pues varios son los modos de invocar a la muerte, quien ya se aproxima. Se mueve por aquí un simulacro de religiosidad, de cosa mística, una especie de llamada de un desierto más refrescante que un oasis. Cosas afines. Pero siempre el regreso al cuerpo. Las piernas del hombre concentradas en el cristal fascinante; las piernas de la mujer, toda ella abierta, en los hombros del hombre. Resplandecen.

«Cuando él te provoque, ve tras él», dice Khalil Gibran sobre el amor. Otra cosa no hago aunque sabiendo, y dudando lo sé, que no siempre debemos arrastrar al otro a nuestra plenitud personal. Ah, pero a veces sucede que también el otro está devastado. Despedazado. Y pienso en ese corazón que vaga sobre unas montañas distantes inclinadas a un mar antiguo. Allá en lo alto, cuando estuve en la cabaña de Khalil, sólo veía el azul mediterráneo y la complacencia de los montes. El dolor aún no se había mezclado con el deseo.

Niño viejo me siento cuando amo. Olvido en esa entrega lo mucho que sé. Que no es gran cosa. Las lágrimas que surgen todas son de gratitud. ¿Niño viejo o viejo niño?

Mientras ella va al baño, frágil en su desnudez, es como si una hoguera se apagase a mi lado, en la cama.

Entro en tu casa. El lecho abierto. Y tú entras en la mía. Rejuvenezco.

Tengo un nuevo colchón que deseo probar danzando contigo en esa superficie. He abierto una botella de Oporto de 1968 y me lo voy a beber en dos copas pensando que lo bebes conmigo. Tengo frío y tú sabes bien que sólo me caliento cuando me calientas y sólo ardo cuando te amo… Cuando me meto en la cama busco el nido, ¿dónde estás?, y no puedo aconcharme sino en ti. No hallarte es solamente hallar el cuerpo del frío. Beberé contigo ese Oporto. Aquí están las copas, voy a beber por los dos. Después hablaremos cantaremos danzaremos y más de todo cuando los efluvios del vino se conviertan en presencia real.

A una amiga virgen: Una mujer sin sexo es como una copa sin vino. Es como una noche sin luna. Un mar sin peces, un lago sin ranas (el más amoroso de los animales). Es una concha vacía. Una mujer (o un hombre) sin sexo es un desvío de la Naturaleza. Una casa sin cama. Una cama, una playa sin el calor de dos cuerpos dando gracias al placer de estar vivos. Un ser sin sexo es un bicho auto-sacrificado no se sabe bien en nombre de qué. Felizmente para ti ya te apetece y eso ya es un comienzo. Sólo te falta ofrecer tu lindísima concha a quien la merezca. Disculpa por haberla yo rechazado aquel día, pero yo precisaba de una mayor convicción tuya. Porque el sexo que se ofrece es una dádiva divina, un dios que, en nosotros, irradia ya su luz más personal.

El arte de amar, sin ti, no me sirve para nada.

En el día en que dijiste “voy a dejarte” un cielo de ceniza se me vino encima. Tus palabras, pocas, “voy a dejarte porque ya hemos gastado las palabras y los gestos”. Callé. Después dije palabras confusas. Lloré, mas esta vez tu pecho me negaste. Fuiste como debías ser: fría, exacta, aunque estuvieses tan destruida como yo. Tu cuerpo era la encarnación del desastre, tus ojos un lago cansado de llorar. Y yo no lo veía. Yo no había reparado en ese toro silencioso de la discordia. Había una casa pero ya nada que casar. Dormíamos juntos pero ya no éramos un solo cuerpo. Yo esperaba mejores días pero nada hacía. Asistía inerte al desmoronarse de la casa del amor, al languidecer de los cuerpos, a tus lágrimas un poco más líquidas que las mías. Fueron días mecánicos. No oíamos la música. Y yo pensaba: mañana, tal vez mañana. Tú, no lo sé. “Voy a dejarte”, y la casa me asfixió. El cálido y blando asiento donde estaba sentado súbitamente rígido y helado. Salí a la calle. Caminé en el frío y después me metí en el coche. Corrí por la ciudad y después por los campos, dando vueltas, llorando. Ya no hacíamos el amor, tal vez mañana, tal vez yo era impotente, pensaba. Pero no hacía nada. O hacía muy poco. Acudí a médicos, que me dijeron que esto dependía también del otro. Tú, apagada. Es verdad que nunca fuiste muy ardiente. El sonido cada vez más ronco. Aceleré. Grité. Después aparqué el coche delante de la casa donde fuimos felices. Lloré paciente. Recordaba. De nuestros paseos por el barrio después de cenar. De la tranquila urgencia de amarnos. El cielo se me había caído encima. Y, de pronto, una larga y tardía erección sobrevino.

Ella: amalgama del sueño pero asimismo un espejo que me va a engullir, un péndulo encubriendo una pesadilla.

¿Seré capaz de reconstruir la gravedad religiosa del combate amoroso? La palabra, por muy poética que sea y por muy vehemente que sea, se halla incapaz de reemplazar al rumor íntimo del amor.
-Juro por el mar que te voy a amar siempre.
-Me dijiste que “siempre no existe”.
-Siempre: Mientras que a un mismo tiempo, tú me desees y yo a ti.

El amor. Una música. Una segura música desordenada. Sin pauta. Una música por siempre improvisada.

El centro del mundo eres tú, un poderoso tú que sólo existe en mi cabeza, que está en las nubes (si me aceptas) o se entierra en el suelo (si me desprecias).

Festival de Poesía en Dusseldorf. Me acuerdo de Huda, venida de Emiratos Árabes. Viene con nosotros a un bar, bebe incluso unos sorbos de vino, sonríe como si nunca hubiese usado velo. Y me mira como quien dice: No te olvides nunca de mi mirada.

Dame un poco de fuego que yo te daré un poco de agua. Me decía Myah. Pero el más apretado fuego era ella quien me lo daba.

Eros, ¿un dios? Con saludables pies de barro.










 

jueves, 15 de octubre de 2020

Rescatar la memoria del poeta Alfonso Carreño



Alfonso Carreño fotografiado por Louis Bourne

                                             

Mi consorte es de Manzanares. Y muy de Manzanares. En verano estuvo vigilando unas obras y trabajos de mantenimiento que tuvieron que realizarse en la casa familiar: albañiles, pintores, fontaneros, electricistas, etc. Aprovechó para organizar los papeles sempiternos que siempre duermen luengos años como posos en las viviendas. En esas entremedias, un día me acerqué a ese espacio hogareño de antaño y vi un montón de libros rescatados. Entre ellos un ejemplar de El huésped en la materia, publicado en la decana colección poética Adonais, de la madrileña editorial Rialp, cuyo autor es Alfonso Carreño, un murciano nacido en Bullas pero unido, con fuertes lazos, a Manzanares (Ciudad Real). El libro estaba dedicado a mi suegro, Pablo Quevedo, que en paz descanse, expresando el poeta, en la dedicatoria, su envidia por ese prestigioso apellido. Ya que uno de los matices de la poética de Carreño es precisamente su quevedianismo. Pidiendo el oportuno permiso a mi consorte, tomé en préstamo, muy gustoso, el señero poemario. 

La colección poética mencionada muestra un elegante discurso; es decir, una elección léxica escogida ahormada en una sintaxis impecable, conducida muy rítmicamente y exhibida en figuras retóricas de atrayente semblante. Mucho concepto quevediano referido a la nostalgia del tiempo. En un poema del libro, lo que busca la boca del poeta es “el estremecimiento de las horas”. En otro, “cada latido suena / relojes al acecho”. En el poema “Tiempo” lo define: “Reciente padre antiguo, / albañil del olvido / que hace el día y la noche, / huésped fijo en la tumba / nómada de los rostros.” En otro lugar el poeta insiste en que “la ceremonia estricta de la vida / va desprendiendo cuerpo”, significando tiempo decadente y asociándose a esa espléndida definición de Rubén Darío: “La vida es dulce y seria”. Incluso hay un homenaje explícito a Quevedo, en la composición que se titula “Nadie me responde”; el primer hemistiquio del primer verso es “¿Qué de la vida?” y remeda el quevediano “Ah de la vida!... ¿Nadie me responde?”. Su libro Pliegos de Calatrava se abre con la cita quevediana “Miré los muros de la patria mía…”; en esta colección, quizá la más inaudita del poeta, el poeta canta religiosamente; de esta entrega Carlos Edmundo de Ory asegura, a propósito, que contiene “mucha dramaturgia litúrgica de quien no es monje, mas solemniza ritualmente su alma, su historia.” Alfonso Carreño era un gran dominador del arte combinatorio de las palabras en que consiste la poesía. Su discurso poético es ostentosamente formal, desprovisto de experimentalismos pero con una original elección léxica: “las celdas del origen”; dotado de una novedosa adjetivación: “Son los días presagio, mansedumbre / de la materia crítica, llorada / desde su seca fuente” (cursivas mías), conformando una cláusula amoldada en la mayor sugerencia verbal.

Desde la publicación de Huésped en la materia, Alfonso Carreño alcanzó un cierto reconocimiento. Hoy es un escritor olvidado. Aunque él desdeñó promocionarse y se negó a inmiscuirse sistemáticamente en los cenáculos literarios, dio, sin embargo, algunos recitales poéticos y conferencias (en Francia, participó en el festival literario “Le Feu des Mots”, celebrado en la sede de la Unesco, en París), y en el año de aparición del periódico El País publicó, como crítico, reseñas de libros poéticos, entre ellos Sepulcro en Tarquinia de Antonio Colinas. Ejerció también la crítica gastronómica, siendo miembro del Club de Gourmets. Parte de su obra está traducida al francés, al inglés y al rumano. Fue gran amigo de acreditados poetas, como Carlos Edmundo de Ory, quien prologó una antología póstuma suya, Carlos Bousoño, Claudio Rodríguez, Justo Jorge Padrón, el poeta norteamericano Louis Bourne, que gestionó las publicaciones tras su muerte, Rafael Pérez Estrada, Amparo Amorós o Antonio Domínguez Rey. Ory dijo de él que era un místico de la vida; Bousoño lo definió como un poeta de sensualidad erótica, y Claudio Rodríguez destacó, misterioso y contradictorio, el carácter de su poesía. Hasta Huésped en la materia (1979) había publicado solamente Elegía para mí mismo (1955) y Horma (1962). Horizonte en el tiempo (1964) sigue inédito. Estas primeras entregas están ofrecidas, en un gran porcentaje, a la rima, décimas y sonetos. Después, hasta su muerte, Pliegos de Calatrava (1986), presentando esta íntima y ceñida epopeya en el fastuoso castillo del mismo nombre, y Réquiem por Javier Serrano (1987), un amigo de siempre, contertulio del temprano grupo Rey David. Tras su fallecimiento, acaecido en 1988, se publicaron nada menos que cinco títulos más: La deshora del alba (1989), Dormitorio de cosechas (1990) –una compilación de cuatro libros: Equivalencias, Zahorí entre insomnios, Texto del tiempo y Efímeros del alba-, El tránsito en su huella (1999), Envers de l’Enfance (2002), una pequeña antología poética aparecida en París, y 101 poemas. Una antología (2009). Encomiable fue la labor de la Asociación Amigos de Alfonso Carreño desarrollando su entusiasmo en dar a conocer la interesante producción poética de Carreño.

Nacido en 1932, su creación poética, sobre todo a partir de Huésped en la materia comparte los mismos presupuestos que el Grupo Poético del 50, defendiendo la poesía como un asunto preponderante de conocimiento y no de incuestionable comunicación. Son muy interesantes y clarificadoras, a este respecto, las palabras de José Corredor-Matheos, un poeta nacido en 1929, aún vivo, situado, como Carreño, en el mismo ámbito y los mismos postulados: “La poesía no se escribe para ser comunicada: resulta fatalmente comunicada, que es otra cosa, y circula por los conductos que hacen posible esa comunicación. La poesía no es información, como alguien tendrá tentación de decir. La poesía empieza donde la comunicación y la información acaban: donde todo acaba.” (De “Sobre lo que no es poesía”).

Alfonso Carreño nació en Bullas (Murcia). Inició estudios de derecho en las universidades de Madrid y Granada. Se casó, en octubre de 1961, con la alemana Jutta Müther, de quien después se separó, y tuvo dos hijos, Mencía y Fabio. Pudo viajar al extranjero, cosa que poca gente en una determinada época podía hacer, como por ejemplo ir a Nueva York. De joven tuvo oficios esporádicos: cantante callejero en la Costa Azul, camarero en París, obrero en Colonia…, pero de un modo estable ganó su sustento como un agricultor acomodado, aunque padeció serios problemas financieros. Luis Miquel detalla gravemente que llegó a ser un “labrador al borde del colapso económico, devorado por las deudas, incapaz de frenar la merma de su patrimonio, consciente de su radical competencia administrativa, sabedor del fracaso de sus fantásticas iniciativas redentoras para devolver la fertilidad a su reseca tierra”. Llevaba campos de labor en Murcia y en Manzanares, pues su madre era manchega, con un apellido muy habitual en la villa manzanareña: González-Calero. Falleció en Murcia el 24 de agosto de 1988. Como afirma Miquel, “malamente, casi por casualidad, solo y a sabiendas, en una imbécil clínica de provincias”. Fatalmente, al parecer, eligió para curarse un hospital de ricos, privado, pero que estaba falto de un eficaz instrumental y metodología. Si se hubiese dirigido a un hospital del pueblo, de la Seguridad Social, seguro que se hubiese salvado. Vivía a caballo entre Murcia y La Mancha, recalando asimismo con mucha frecuencia en Madrid, donde poseía un piso en la calle Núñez de Balboa.

En el prólogo a la edición de Envers de l’Enfance, Martine Noël señala que Alfonso Carreño “no pertenece a ninguna escuela y escribe una poesía profundamente arraigada en su experiencia vital”, subrayando: “En su poesía se reconocen el campo, el vocabulario de la tierra, la sequedad del clima, las tierras áridas, las viñas, las extensiones desérticas de esas dos regiones [La Mancha y el murciano campo lorquino]”. Lo refleja esta estrofa cargada de alusivos términos: “Absorta luz de agosto / sesteaba penumbras en las trojes / cuando la piel del cereal pronuncia / hazas de lengua ausente / en quien los años pensativos trillan / parvas de siglo lento”. Incluso estos términos agrarios en ocasiones se ubican en diferentes contextos: “La noche horada cimbras de caderas y vino, / sobre los liegos de la sed y apaga / rastrojeras de luz en vacilantes / filamentos segados por el alba.” Su creación cuenta con una décima, "La Mancha productiva" que deliciosamente aborda el tema: 

"Rasgando la vertedera  
la rojiza tierra, sabe  
que en áspero liego es suave  
quebrantadora de espera.  
Quehaceres dará en la era  
 la bodega y el molino,  
-por pan, por aceite y vino-.  
(Ningún lujo te enmaraña  
terso estómago de España  
proyectado a lo divino)." 

En Manzanares hacía mucha vida social, frecuentando ambientes diversos, desde el grupo de pintores y escritores manzanareños hasta los aficionados taurinos, pues él también lo era, y mucho; pasando por reunirse con gente menestral, tildados, con ironía, como “industriales”, entre ellos mi suegro, empleado de banca; con ellos se juntaba en varios bares, entre ellos La Favorita, en su finca El Marañón o en algún local del castizo y simpático empresario Pedro Almarcha. Además, con su hermano Paco fue propietario de un hostal-cafetería, Residencia Manzanares, situado en el solar de unas huertas de la madre frente al Parador Nacional de Turismo. Con los artistas se relacionó mucho. Se trataba muy frecuentemente con los artistas José Legassa (acompañados por la mujer de Legassa, Mamen Alba) –un poema suyo se titula “Legassa se contempla en el espejo”-, Juan Sánchez (a quien dedica el poema “Rembrandt me mira”, del libro La deshora del alba) y Antonio López Mozos; con los fundadores del grupo Lazarillo, en especial con Roberto Muñoz; con los poetas Teo Serna y Federico Gallego Ripoll. De algún modo apadrinó el grupo literario Azuer, comandado por Antonio García de Dionisio, desde 1978, cuando este grupo se instauró. Con todos ellos compartió muchos momentos, bien en casa del pintor Legassa, bien, mayormente, en el bar La Perdiz Roja.

Siempre los bares como punto de encuentro. Luego de verse con la peña taurina de Manzanares, cumpliendo los debidos homenajes a Ignacio Sánchez Mejías en la plaza donde le cogió el toro de manera fatal, todos alegremente celebraban en el bar Lucas, en la calle principal de Manzanares, la calle Empedrada, el estar felizmente congregados. Carreño, muy afín, como hemos dicho, a la tauromaquia, admirador de Manolete y Antonio Ordóñez, llevó en 1968 a Gerardo Diego y José María de Cossío a Manzanares para, en su plaza, conmemorar la muerte del torero; el poeta del 27 leyó su poema “Presencia de Ignacio”, después de leídos los célebres textos de Lorca y Alberti. Carreño impulsó, año tras año, las actuaciones conmemorativas en el coso, aconsejando, empero, que el homenaje a Sánchez Mejías saliese de la plaza de toros, sobre todo para que los jóvenes pudiesen acercarse justamente a la figura del diestro-literato, autor de obras teatrales y algunos poemas y artículos (puede verse mi artículo “Méritos de Ignacio Sánchez Mejías, gran torero y activo intelectual”, publicado en la revista digital FronteraD). 

Más bares. También asistía mucho a un local “manzagato” de solera, bautizado con este nombre supraliterario: Macondo. Alfonso Carreño era un buen bebedor: le gustaba mucho el vino, y otros licores, y también las mujeres. El poeta mantuvo una distendida charla con su amigo Manuel Rodríguez Mazarro y publicada al cabo del tiempo en el monográfico que, al morir, le dedicó la revista Siembra, portavoz de las parroquias de Manzanares pero el más eficaz medio informativo del pueblo (otro sentido homenaje se le brindó en Madrid, en el Instituto de Cultura Hispánica el 15 de noviembre de 1988, con la participación de Bousoño y Claudio Rodríguez; ese instituto era muy frecuentado por Carreño). Pues bien, en ese número de Siembra, Carreño hace una declaración que hoy no sería muy correcta, al replicar a la cuestión planteada por su compinche: “Te acusan de que eres un mujeriego, ¡vamos!, que siempre andas de ‘chasca’”: “Sinceramente me gustan las mujeres, no para verlas tan sólo, sino para usarlas y gozarlas. Es comparable al vino y la buena comida.” Tópicos del momento… Pues bien, en el bar Macondo se encontraba a sus anchas. Servido por Agustín, su ya legendario dueño, y rodeado de jovencísimas y lozanas chicas manchegas. A otro mesón de Manzanares, ya desaparecido, Quitapenas, llevó Alfonso Carreño a su amigo Claudio Rodríguez para que ofreciese un recital poético. Federico Gallego Ripoll me cuenta: “Yo conocí a Claudio en ese momento, que me trató con mucha deferencia gracias a Alfonso. (Luego lo reencontré en Toledo, en aquella velada histórica de 1986 en que acabamos en tu casa). A ambos, Claudio y Alfonso, les debo la primera (y creo que única, pues escarmenté) borrachera de mi vida.” Y agrega Federico que grandemente se embriagó con ese vino Pálido elaborado por la marca Yuntero. Riquísimo.

Alfonso Carreño tenía dos casas en la Mancha cuando allí establecía su residencia: una en Manzanares en la calle Monjas, cuyo trazado es tal vez el más auténtico y genuino de la villa, y otra en la explotación que comprendía su finca El Marañón, a unos quilómetros del pueblo, en dirección a la Sierra de Siles, también llamada Sierra Pelada o, precisamente, Sierra de Manzanares. Allí reunió a gente de diverso pelaje. Gallego Ripoll refiere que en la lejana fecha de diciembre de 1972 con el pintor y escultor Juan Sánchez fue a El Marañón para ayudarle a reordenar su biblioteca. Sabe la fecha porque Carreño le regaló una Antología de Rilke (una de las potentes fuentes de la poética de Carreño) y fechó la dedicatoria. Una escultura de Juan Sánchez se encuentra ubicada en uno de los patios del IES Pedro Álvarez Sotomayor de Manzanares. Hubo cierta polémica para situarla, pues en principio iba a estar instalada en la Casa de Cultura, cosa que no cuajó por reparos del consistorio; lo cierto es que Carreño escribió artículos críticos en contra del poder municipal. En 1985, Federico Gallego Ripoll fue nombrado Sembrador del Año, galardón que por primera vez concedía la revista Siembra a destacados manzanareños. En el acto de entrega, Carreño hizo la glosa del galardonado.

Por encima de su empeño por hacer productivas sus tierras, por encima su afición al jugo báquico, por encima de la amistad, del amor o el sexo, siempre estaba presente, con mucha fuerza, su abnegación poética, mostrando un cuidado exquisito por el ritmo, el léxico, la sintaxis y ese supremo factor sorpresivo que engloba la dicción del poema. Como leemos en una nota a la edición de una de sus publicaciones, “su creación poética fluía como un continuo con su vida”. Acostumbraba con insistencia, en el curso de su fructífera conversación, debatir el fenómeno poético. En sus encuentros con Teo Serna, éste, muy joven, quería dejarse ver como muy moderno, abogando por movimientos como el dadaísmo y otras vanguardias; entonces Carreño le replicaba defendiendo la pulcritud formal del quehacer poético. El sobrino de Alfonso Carreño, Francisco Carreño Espinosa, estudioso de la poesía de su tío, afirma con sumo acierto que “hablar, para Alfonso Carreño, es ser”. Esto quiere decir ser hombre. Porque el hombre, en sus actos consuetudinarios, se porta como un animal más: come, bebe, fornica, fuma como un mono, corre como un perro, clama como un pájaro. Pero lo sustantivo del ser humano es el habla, la emisión de un lenguaje articulado generado por el pensamiento, capacidad que sólo poseen las personas. Y como la poesía no deja de ser habla, si bien un habla especial mas que utiliza la misma materia del diálogo coloquial, el poeta, al elaborar el poema, se hace absoluto ser, es, definido en un máximo grado filosófico.

Nuestro poeta quiso que esa habla que conformaba su poesía se manifestase elevada y original, utilizando una técnica que consistiese en deformar la “apacible imagen de lo dado”, reforzando la existencia de una notable oposición semántica. Ya en el primer poema de su primer libro, de 1955, Elegía para mí mismo, dos versos, dinámica e imaginativa imagen del existir, dan la clave de esto: “Vivir así, quemado por la huída, / navegando la nave de los ecos”. En los vocablos que pongo en cursiva se deforma la atribución convencional a la vez que se conservan semas ciertos, por muy distantes que se sitúen en el campo semántico. Así, su mensaje suaviza un posible hermetismo poético trasmitido al lector; lector que asume tranquilamente esos presumibles oscuros significados. Una diáfana certidumbre que Alfonso Carreño siempre sostuvo es que “el primer y más cualificado receptor de la emoción contenida en el poema es el autor”, consciente de que el autor, aun siendo el primer lector, es, sin embargo, un lector más. Con todo, hermético en palpable sumo grado es el soneto “Guión”, barroco y culterano, ensalzando la primorosa elección del léxico y el rotundo y definitivo resultado del mejor sonido: 

"Mi cuerpo está indrogable y manuscrito  
al pie de un árbol técnico y tranvías.  
Copas de luz trascienden las manías  
desmanteladas del amor prescrito.  

Resuelve lentamente lo maldito  
su plenitud en cópulas baldías  
y, apresuradamente, rebeldías  
desemparejan al tesón contrito.  

Sañudos crisantemos perfumaron  
de aire letal el trance de la sombra  
con pestilencia iluminada en fines.  

Y las salivas se regocijaron  
sobre una lucidez que desalfombra  
la maquinaria bruja de los fines."

La Biblioteca de Autores Manchegos, de la Diputación de Ciudad Real, y en su cuidada colección “Ojo de Pez”, publicó en 1999 el libro de Alfonso Carreño El tránsito en su huella, la colección poética en que estaba enfangado antes de morir, sin tenerla totalmente cerrada. La edición, de algún modo una reconstrucción del libro para la edición, fue preparada por la asociación Amigos de Alfonso Carreño, al igual que La Deshora del alba y el libro de libros Dormitorio de cosechas. Antes del texto, tras el profundo estudio de su sobrino, antes citado, se abre un apunte firmado por Chema de Celis, con un párrafo inicial sumamente aclarador:

“Alfonso Carreño murió joven, con sólo 56 años, y fue la suya una muerte por sorpresa: nadie hubiera sospechado unas semanas antes de su fallecimiento que aquel hombre lleno de vitalidad tenía los días contados. El tránsito en su huella debe contemplarse, pues, no como el último libro de un poeta que ya ha recorrido todo su itinerario creador, sino como una muestra de la evolución que estaba experimentando un poeta que aún deambulaba con fuerza por su madurez artística y en las que pueden rastrearse no sólo ciertas constantes que habían acompañado hasta ese momento su elaboración artística, sino también las nuevas formas que iban abriéndose camino en su quehacer y que hubieran probablemente cuajado en nuevos modos y maneras carreñianos.”

Uno de los recursos de este libro es esgrimir metáforas desarrolladas, en triste reflexión, como una especie de descripción de paisajes desolados por una hazaña bélica: “Hace frío en la calle y bombardean / los siglos con su asco / mi piel de aquí, junto a la chimenea / y el humo del olvido. ¿Quién devuelve / a los padecimientos la sonrisa / de antes del infortunio?”. Hay sintagmas dotados de un tremendo contraste o paradoja: “Con pájaros de tierra”. O sucesiones sabiamente pautadas: recorre su curso el tiempo hacia la muerte (“La cama de la muerte está entreabierta”, primer verso), con atributos de vida (“con el embozo limpio”, segundo verso), saldando todo el proceso en inmovilidad (“en los muñones pétreos de su alcurnia”, tercer verso).

La obra poética de Alfonso Carreño fecundamente exhibe un ideal poético desarrollado, como intermitentes señales inequívocas, en secuencias estróficas sumamente musicales que portan tajantes mensajes garantizados con un significado dificultosamente asimilable, como es el caso de este ejemplo de La deshora del alba: “Animales mayores / ilustramos la vida / rumiándonos la hierba / pisada de los ojos.” Entrar en la poesía de Carreño, de una manera sucinta pero muy competente y provechosa, lo sirve bien el último libro publicado: 101 poemas. Una antología, editado en Murcia por Tres Fronteras Ediciones en abril de 2009. Lleva un jugoso prólogo de Carlos Edmundo de Ory, que reproduce suculentos párrafos epistolares, vierte precisos juicios sobre los “versos fuertes, metáforas, paranomasias, símbolos” de Alfonso: “Tu poesía se centra en el círculo máximo de la expresión patética, el plañido manriqueño”, a la vez que hace crónica del encuentro amistoso:

“Las fechas cantan. El 16 de febrero de 1980 recibo un correo insospechado. Un sobre blanco, ni grande ni pequeño, vía aérea, cinco sellos de colores –cuatro del rey de España y uno de Antonio Machado-, va dirigido a mi casa de entonces, 545 rue Saint Fuscien, 80000 AMIENS, Francia. Remite: Alfonso Carreño, c/ Virgen María, 5, Madrid 7. Contiene un libro acompañado de una tarjeta de visita, con el nombre impreso del expedidor. Leo unas palabras manuscritas en tinta azul: Querido Ory: por si tiene a bien acusar recibo de mi Huésped en la materia aquí van mis señas. Le saluda Alfonso Carreño 11.2.80.”

Carreño le visita en su casa, su “cabaña”, como Ory la llama. Le visita, escribe el poeta gaditano, fundador del Postismo, en su diario, “un amigo bueno, y además poeta bueno”. Con él recorre los campos de Picardía y estuvieron juntos durante unos días en París, en marzo de 1983. Ese mismo año, en septiembre, se vuelven a encontrar en la finca El Mingrano, en el campo lorquino, estando presente Louis Bourne: "Alfonso baja a la bodega y nos trae los mejores vinos. Disfrutamos la amistad en franca compañía y se oye su risa homérica, una copa en la mano. Nos ofrece la fiesta de su ser generoso." Carlos Edmundo de Ory define la poesía de Alfonso Carreño como un haz de soliloquios hamletianos y melancolías tanáticas. Una poesía que es “un vendaval de habla preciosa, sonora como un tambor.” La edición, y selección, de 101 poemas. Una antología se debe al meritorio, acostumbrado y metódico esfuerzo de los Amigos de Alfonso Carreño, grupo compuesto por Louis Bourne, Francisco Carreño Espinosa, José María de Celis, Antonio Domínguez Rey, Juan Carlos Fernández de Aránguiz y Luis Miquel.

Alfonso Carreño traza su autorretrato sumamente acumulativo, elevado como un rimero en un ocaso disonante y que con su sonora manifestación siempre está presto a desvanecerse y convertirse en el sutil concepto del verso más alígero: “Alfonso Carreño, insomne, acosado por problemas económicos, hipertenso, sensual, bebedor de vinos, fornicador, perezoso, señor de tierras pobres y hermosas, expresivo de su alma, bocazas, bruñidor de versos, tocón, besador, copioso, diletante, sentimental, desordenado, vanidoso, indeciso, permeable a cualquier influencia, entusiasta, generoso, olvidadizo, queredor, amante, sosegado, colérico, ácrata, irreverente, orgulloso, asocial, fecundo, risueño, enamoradizo, vicioso, imaginativo, imprudente, lacrimoso, rebelde a la costumbre pero instalado en ella, curioso, sediento, propenso al entusiasmo, hipersensible, paternal, cansado, nómada de pequeñas geografías, desorbitado, glotón y gravitante.”

Quiero mostrar mi sincero agradecimiento a los hermanos Ángela y Antonio Quevedo, a los poetas Federico Gallego Ripoll y Teo Serna, a la profesora Esther Almarcha y a Juana de Juan Carreño, sobrina del poeta, por las valiosas informaciones de primera mano sobre Alfonso Carreño que, participando de mi entusiasmo, me han proporcionado.


"Homenaje a Alfonso Carreño", escultura de Juan Sánchez
sita en el IES Pedro Álvarez Sotomayor de Manzanares.
















sábado, 19 de septiembre de 2020

Luis Antonio de Villena y el extenso relato de su vida

Libros biográficos y autobiográficos alineados en los estantes


El concepto ‘biografía’ se hace posible en muchos o casi todos los géneros literarios, y el de ‘autobiografía’ todavía con más intensidad. Formalmente, sin entrar en lo estricto, el escrito biográfico consiste en un trabajo realizado por alguien ajeno al que se decide biografiar, mientras que la literatura autobiográfica se ciñe, en primera persona –verdad obvia, de Perogrullo- a los escritos memorísticos y a los diarios, específica y forzadamente a los primeros, pues los diarios pueden desarrollarse, dejando a un lado el relato de la propia vida (y es lícito que sea así), únicamente en lo aforístico, en lo teórico, en lo filosófico. La biografía, y especialmente la autobiografía, puede extenderse, además, a la novela, al cuento, a la poesía, también al drama, propiamente al epistolario, más difícilmente al ensayo, pero sí holgadamente al articulismo, muy prolífico en este sentido.

La literatura atesora grandes ejemplos de obras autobiográficas, ora autobiografías verdaderas ora autobiografías planteadas en la premisa de la ficción, aunque contengan componentes verídicos. Dos ejemplos sabrosos de estas últimas son sendos libros de un mismo autor: Augusto y Tiberio, ambos de Allan Massie, un simpático escocés especializado en el mundo clásico a la vez que comentarista deportivo. Son novelas concebidas bajo la forma de unas deliciosas memorias apócrifas de los dos emperadores, padre e hijo adoptivo. En la primera Massie hace decir al poeta Virgilio en íntima conversación con el césar: “El poema terminado nunca es tan bueno como el poema que no se escribió; y, pese a ello, debe escribirse como si lo fuera. Cada comienzo contiene la semilla de un nuevo fracaso, pero eso no es excusa para no empezar.” (Léase mi artículo “Leer durante el confinamiento”, en la sección Libros Amigos de este mismo blog).

Se me permita poner otro ejemplo, en este caso de mi producción. Uno de mis libros, publicado en 2015 por la editorial madrileña Vitruvio, se titula La flor del humo (Autobiografía apócrifa de Gabino-Alejandro Carriedo), llevando como subtítulo Un relato interpretativo de la poesía española durante el franquismo. Estos emblemas, por sí solos, explican el contenido y la intención del libro. Antes de empezarlo a escribir, yo llevaba un tiempo persiguiendo la idea de abordar un trabajo que abarcase -y culminase, en este aspecto, mi quehacer- la historia de la poesía española acaecida durante el periodo de la dictadura de Franco (quise huir del otrora tan usado término ‘posguerra’, que hoy me parece harto impreciso).

Pero lo que no quería hacer, de ninguna manera, era una tesis, posiblemente farragosa, con epígrafes, notas a pie de página…, ¡No!, me dije contundentemente. Y esperé a que se me encendiera la bombilla. Y se encendió. La trayectoria del poeta Gabino-Alejandro Carriedo, nacido en 1923 y fallecido en 1981, se ajustaba muy bien a ese periodo. Él tuvo unas completas y fluidas relaciones con el gran número de pobladores del ámbito de esa época. Empecé a redactar pero no hablando yo, sino el propio Carriedo. Los datos que refiere son ciertos: los momentos históricos sucedidos en ese tiempo, las anécdotas del mundillo literario. Además, yo ya había publicado, nada más morir el vate palentino (residente tanto tiempo en Madrid), una biografía del personaje. De forma que mi libro es, cabalmente, a la vez que un riguroso trabajo de historia literaria, una auténtica biografía de uno de los mejores poetas del siglo XX. A veces se puede leer, degustando el discurrir apócrifo de Carriedo, como una novela; pero no invento nada.

En nuestra lengua hay ciertos libros de memorias que se tienen como canónicos: Mi último suspiro, de Luis Buñuel, memorias que no escribe él, sino que se las dicta a su guionista y colaborador, su amiguísimo Jean-Claude Carrière; Confieso que he vivido, de Pablo Neruda; La arboleda perdida, de Rafael Alberti; Memoria de la melancolía, de María Teresa León; las ricas y voluminosas memorias de Baroja, Desde la última vuelta del camino; o la estremecedora narración La vida de Rubén Darío –escrita por él mismo-, cuyos contenidos recreó Ian Gibson en Yo, Rubén Darío. Memorias de ultratumba de un Rey de la poesía, publicado en 2016, celebrando el centenario de la muerte del gran poeta. Rubén define la vida con la más justa aproximación: “La vida es dulce y seria”.

De autores más recientes, hay memorias gozosas; sólo nombraré dos: la autobiografía, en un par de tomos, del psiquiatra Carlos Castilla del Pino: Pretérito imperfecto y Casa del Olivo, y el también tocho memorístico de Francisco Nieva Las cosas como fueron, constituido en un relato riquísimo y entretenidísimo del, para mí, uno de los más grandes creadores españoles. Nieva nos cuenta que en un tiempo se drogaba mucho, gustándole probar una “paloma”, cocaína y heroína al cincuenta por ciento. Por lo que en estas memorias declara a propósito: “Lo malo de las drogas es que hay que dejarlas”. Lo que no dejó Nieva fueron los porros. Hasta que se murió, sólo faltándole un mes para cumplir noventa y dos años –y esto me lo trasmite su gran amigo el actor Emilio Gavira-, no dejó de fumar. Su marido le hacía unas “trompetas” formidables, a través de las cuales el insigne dramaturgo aspiraba el humo aromático tan a gusto.

La salsa de los libros de memorias es la fama de su autor, y también el poquito de polémica que conviene que tenga el personaje protagonista. Estos dos requisitos perfectamente los cumple Luis Antonio de Villena, un escritor muy conocido y sobre el que recae ese poquito de polémica traducido en que unos lo adoran y otros lo desdeñan. Quizás los primeros exageren, pero los segundos no son ecuánimes al desdeñarlo. La amplia y variada literatura de Luis Antonio de Villena (tiene más de cien libros publicados) puede gustar más o menos o no gustar, eso no admite discusión, ya que entra en las preferencias personales. Pero está fuera de duda que De Villena es un escritor total, siendo toda su producción genuina. Poeta por encima de todo, según él mismo admite, es crítico literario (ahí están sus incontables colaboraciones como crítico en Radio Nacional de España y El Mundo), ensayista, traductor, antólogo, cuentista y novelista; no ha escrito dramas porque desde antiguo ha visto muy complicado e inoperante el panorama teatral español. Se licenció en Filología, pero no ha sido nunca profesor. Siempre ha vivido de escribir y de colaborar, como escritor, o como tertuliano, en los medios. Sus novelas no son las clásicas novelas del poeta metido a novelista, pues siempre las ha escrito como algo natural a su vocación. Y sus antologías no son caprichos esporádicos derivados de compromisos comerciales, ya que Luis Antonio de Villena siempre se ha interesado, y ha querido reflejar con justicia, en algunos de sus libros, la marcha de la poesía contemporánea española. Sus declaraciones suscitan fieles adhesiones y también acentuados rechazos. Además, ser gay, difundiéndolo sin ambages, condición muy acentuada que recubre buena parte de su obra, propicia que alguna gente interponga ciertos endebles condicionamientos al valorarle como ser literario. Él lo declara sin tapujos: “yo soy de los gays que siempre he agradecido –pese a los momentos peores, que por cierto existen, y más de lo que supone- no haber sido jamás heterosexual.”

Luis Antonio de Villena es autor de tres libros de memorias, publicados, respectivamente, en los otoños de 2015, 2017 y 2019: El fin de los palacios de invierno (recuerdos de infancia y primera juventud), hasta 1973; Dorados días de sol y noche, hasta 1996, y Las caídas de Alejandría, los tres publicados en Pre-textos, en la misma colección y con el mismo formato. El último me lo dedicó hace muy poco en Valdepeñas, tras un acto que él protagonizaba, reunidos después los dos en una casa particular para una grata cena. Tras las ventanas la jocosa estampa de esa Ciudad del Vino, presente su también jocoso alcalde, que más que vino bebe güisqui. De Villena es aún joven, está a punto de cumplir 69 años, y no estaría mal que nos brindase un cuarto volumen, relatándonos, entre otras, las miserias de estos tiempos de pandemia. Aunque él no está por la labor: "Ignoro si -por raro azar- algún día pergeñaré unas raras memorias de vejez. No lo creo. Y ahora mismo -en este instante- no siento ninguna gana." Estas memorias, claro, son su vida, pero también una diáfana historia, o más bien intrahistoria, de los fértiles movimientos literarios, sobre todo españoles, pero también especialmente hispanoamericanos (a los que el poeta está muy unido), trasegados en las últimas décadas. La dinámica es asombrosa: las cenas, los paseos, los viajes en primera clase, las estancias en lujosos hoteles engullidos por el tempus de estos libros son incontables y llamativos, aparte de los trayectos en taxi, pues Luis Antonio de Villena, que no tiene carné de conducir, siempre se mueve en taxi. Mayormente secuencias divertidas, pero también, algunas, salpicadas de posos ácidos, fruto de lúcida reflexión. En estas densas memorias lucen provechosas referencias que prueban lo culto que es su autor, quien asimismo exhala el lamento de que los bárbaros (con sus barbaridades: rechazo a la lectura, predominio de la imagen, tecnología, Internet) ya nos han invadido.  

Las versátiles amistades recorren sin cesar estas casi millar y medio de páginas, pero asimismo la presencia de la soledad se impone: “Solo nos queda la soledad. Hazte amigo de tu soledad, lector. Es la final compañera. Has dormido con ella, muy a menudo.” El relato es absolutamente sincero. Él comenta, me comenta, este aspecto y confiesa: "Soy enormemente verídico. A veces hasta demasiado. La única licencia que me tomo es cambiar algún nombre propio, ya que si vive algún familiar, algún pariente, no tengan, llegado el caso, motivo de queja." El autor no se casa con nadie, ni pasa por alto a las personas, cuando confiesa su verdadero sentimiento hacia cada una; ni con la creación del ingente conjunto de amigos literatos que recorren las páginas; si encuentra defectos, o subsanables minusvalías, expresa su juicio con claridad, siempre bondadoso y sin hipocresía. Es de los pocos que calibran exactamente la posición del afamado Antonio Gamoneda, con quien Luis Antonio entró en contacto siendo el luego Premio Cervantes sólo editor y en una fecha no demasiado lejana, por mucho que se diga que Gamoneda es un componente neto de la Generación del 50. Hay una declaración de Gamoneda que a mí me sublevó, cuando dijo que él no había escrito mucho en los años de Franco por la censura; ¿le impidió escribir la censura? Y a los demás: Hierro, Celaya, Otero, etc., ¿por qué no les calló la censura? 

La profusión de párrafos del fecundo relato de la animada vida de Luis Antonio de Villena queda siempre sobrevolada por un hermoso saldo de cumplida existencia: “Mi vida ha sido siempre libros y chicos. Escritores, poesía, poetas y vida que busca en otra senda, no tan distinta, la belleza y el júbilo.”

 

lunes, 31 de agosto de 2020

Libros a medio leer


Dibujo y autógrafo de Federico Gallego Ripoll



Una pila que ha ido creciendo muy poco a poco durante el verano, porque no se trata de tochos. Excepto dos, o más bien uno y medio, libritos de poesía muy manejables. Sin excepción, todos de autores que son fraternales amigos míos. Por supuesto que cada hoja de cortesía está ocupada por una entrañable dedicatoria. Semanas que han estado ahí sin ser abiertos, intocables. Ahora me decido a hojearlos, sin leerlos del todo, y me atrevo a escribir algunas líneas sobre ellos y sus respetables artífices.

Comienzo por hablar de Agustín Porras. Su último libro es la novela El periódico y el pan, publicada por la maña y decana editorial Olifante. Porras es muy conocido sobre todo por dos cosas: por ser un acreditado biógrafo de Gustavo Adolfo Bécquer y por mostrarse como un activo editor de revistas literarias. Fue muy sólida la primera publicación seria que fundó entre las varias y más humildes que ya llevaba: Poesí
a, por ejemplo, colmada de vistosas secciones, de creación y crítica. Luego vinieron deliciosos caprichos: La primera piedra, con formato de periódico decimonónico, El Alambique, producto de la fundación del mismo nombre, y Oropeles y guiñapos, llamativa cita becqueriana. Agustín Porras recoge en un libro, publicado por Eneida, la vida del poeta Gustavo Adolfo, y además es autor de novedosos estudios sobre su inventiva, habiendo publicado además algunas ediciones de las obras del sevillano. Como poeta, es autor de una colección de coplas que aspiran a encontrarse, con el tiempo, en un sublime anonimato. El periódico y el pan es una diligente ficción que enmascara la experiencia vital de su creador. Se constituye en una narración grácil, desprovista de fábula, quiero decir de intriga, que relata unos hechos joviales (dulces, tristes a veces) que mucho hacen sonreír al lector que cosecha placer del bueno tras la lectura. El discurso está espléndidamente desarrollado y se sostiene en una muy literaria virtud principal: una poderosa sintaxis que conforma espléndidamente lo narrado.

Federico Gallego Ripoll ha acumulado dos títulos en mi pequeño rimero: La sombra de Miró, Premio de Aforismos Rafael Pérez Estrada, y Las travesías, Premio de Poesía Juana Castro, publicado en la prestigiosa editora sevillana Renacimiento. Todos los títulos de Gallego Ripoll han sido premiados. Él dice que se presenta a los certámenes porque le resulta complicado el proponer su obra a los editores. Yo a Federico lo conozco desde hace mucho; ambos fuimos invitados a participar en la primera edición de las Jornadas Poéticas de Cuenca, puestas en marcha a mitad de la lejana década de los años 80 del siglo XX. Mantuve, en esos inicios, una intensa amistad con él. Más tarde adquirimos cierto parentesco, ya que cuando yo me casé por segunda vez, mi nueva mujer era prima suya. De forma que, además de ser grandes amigos pasamos a ser primos. Federico Gallego Ripoll es un gran lírico, o sea: un gran poeta. Sus versos muestran una sublime potencia verbal como ésta: “Con insistencia miro el agua, / hasta que germinan las semillas / y brotan, altos, los lirios transparentes, / el fruto con que en el limo / se gestaron las lágrimas.” El también alto poeta Teo Serna, surcando las prodigiosas páginas de Las travesías, escribe: “He tenido la impresión de caminar por un desierto cuando he caminado por este libro, un desierto que en quietud aparente, no cesa de mover sus dunas, no deja de mostrar sus oasis, no deja de reclamar la sed constantemente: para eso están esos oasis; para eso están, también, los espejismos que Federico nos ofrece como relámpagos que aparecen para desaparecer luego en lo hondo, en nuestra hondura más secreta, para quedarse allí, acurrucados, como pájaros sin nido, negros y secretos.”

Precisamente una cita de Federico Gallego Ripoll (“Así en la tierra como en tu cuerpo”) abre la reciente colección poética de Santiago Sastre, A cuerpo gentil, que ha publicado la editorial toledana Ceyla. Nacido como 15 años antes que yo, o sea, situado en otra generación según el cómputo orteguiano, en un tiempo fui su maestro; pero con el tiempo, como dijo Eduardo Chicharro de Carlos Edmundo de Ory, “él lo fue mío”. Es un escritor muy versátil, muy activo. Autor de varios poemarios, lo es también de libros de narrativa infantil y juvenil, de género teatral y de género negro desarrollado en varias novelas protagonizadas por el detective Augusto Alpesto. Es asimismo antólogo de la poesía toledana contemporánea. Es un poeta sumamente abierto, incluso desenfadado (no hay más que leer algunos de sus títulos: Poeta en jamó
n York, Hablando de la vida con mis jugos gástricos…). Sus proposiciones son completamente diáfanas y contundentes: “La sopa antes que el postre. / El garaje antes que el tejado. / El tres antes que el cinco. / El segundo antes que la hora./ […] Sin embargo la vida al mismo tiempo / que la muerte.” Su poética queda muy bien establecida: “Muchos piensan que la poesía es un rollo, o aburrida, y difícil de entender. Con mi poesía intento que la gente se aficione a la poesía, que vea que puede ser clara, divertida y emocionante. La poesía nos ayuda a ver (porque muchas veces miramos sin ver, como decía A. Machado) y nos agranda la mirada para ver más y mejor.”

Cuando entré en tratos con Jesús Maroto en Toledo, él formaba parte del grupo Solano, en el cual se integraba también el malogrado José Pedro Muñoz. Entre las actividades que desarrollaban, contaba una muy atractiva: disponían una mesa de camping en las Cuatro Calles de la Ciudad Imperial y se ofrecían al público para escribir poemas que ese público les pudiese encargar; para la novia, para el novio, para los padres, los amigos, los hijos, o cualquier tema requerido. Después hemos compartido cantidad de eventos literarios y en numerosas ocasiones nos hemos embriagado juntos de poesía y de lo que no es poesía. Me atrae mucho la poética de Jesús Maroto, plena en escuetas proposiciones y certeras al máximo, acercándose a las supremas proposiciones wittgensteinianas, porque, como ocurre en la inspiración marotiana, “Die Welt ist alles, was der Fall ist” (“El mundo es todo lo que acaece”). Su poesía es un diálogo, una conversación con el lector elevada a la perfección. Uno de los emblemas que preside mi gabinete es un breve y sabio poema de Jesús Maroto: “Escribe / me / aconsejan / como / si / escribir / no / fuera / una / terapia / peligrosa.” En Polvo y gas (editorial Celya), el lenguaje poético pega la hebra en un discurso conciso y admirable, totalmente cargado de irreprochable lucidez: “Breves instantes / que voy reuniendo / en mi álbum de la cotidianidad. // Algunos se repiten. // Pero por qué no consigo // esa cara de felicidad.” De irreprochable, irónica y risueña erudición: “En poesía, / ideas no. / Que las carga Platón.” Muy próximo a aparecer De la inquietud (y tres poemas invitados), que contiene los poemas que Maroto escribió durante el pasado confinamiento impuesto por la pandemia. 

La personalidad artística de José Ángel García destaca como una figura intelectual y literaria de las más consistentes de Castilla-La Mancha. Una persona muy madrileña a la vez investida como muy conquense. Dirigió la RACAL, Real Academia Conquense de Artes y Letras. Su obra es copiosa y cuidadosamente publicada, repartida con pulcritud a lo largo de más de veinte títulos ubicados en los géneros poético, narrativo y ensayístico. Sus artículos de prensa y columnas, también recopilados en libro, son incontables. Porque él ejerció muy activa y prestigiosamente la profesión de periodista. Su actividad radiofónica siempre fue intensa; su bella voz de locutor y su conocimiento de la historia de la música brindaron durante años a los oyentes de Radio Nacional de España jugosos comentarios adjuntos a las retransmisiones en directo de los conciertos celebrados en Cuenca dentro de la Semana de Música Religiosa. Su poesía está henchida de una directriz poética que se llena solemnemente de lo metapoético, pareciendo atender a la máxima de Wallace Stevens en el sentido de que el tema del poema siempre es la poesía: “secuestrada en el tiempo / la / palabra / a / sí propia / se / toma / por / rehén”. Publicada hace un tiempo su poesía completa exhibiendo una cuidadosa estructura, ahora vuelve a editar sus nuevos versos en la madrileña editorial Vitruvio (No le busques cinco pies a un verso), donde su poesía reanuda impecablemente esa jugosa versatilidad en cuanto a fondo y forma (mensaje y grafismo) tan noblemente propios en el lírico decir del autor. Otra vez el tan caracterizado idioma poético alcanza un seductor protagonismo: “Debemos –afirmó con voz severa / el grave portavoz de la conciencia- / con cuidado proceder ya que el lenguaje que en tantas ocasiones /a nuestra causa, traicionero, no coadyuva, / bien podría, incluso, / incitarnos a pensar erróneamente deduciendo / que conseguir podremos / las propias emociones con eficacia / controlar / a simple golpe de verbo.”

Yo esgrimo la posiblemente errática opinión de considerar la poesía como el único género literario que sólo deberían cultivar los jóvenes, pues sólo los jóvenes practican, en plenitud, el deporte o el sexo sin tapujos y sin precauciones. Pues yo creo –repito, tal vez erróneamente- que la poesía necesita, para expandirse libremente, de una acrobacia o un malabarismo para los cuales, quizá, las personas maduritas ya no se encuentran muy capacitadas. Estos poetas de los que he hablado ya no son, desde luego, unos pipiolos, pero mi teoría queda totalmente invalidada al enfrentarme a la poesía de estos cinco sintiéndola gozosamente como un producto completamente juvenil.


Presentación del libro de Jesús Maroto escrito durante el confinamiento


jueves, 18 de junio de 2020

Un epitafio aragonés, uno gallego y otros latinos




Lo supe durante el transcurso de una velada cálida y jaranera celebrada en la terraza del bar Peña de Litago mientras discurría una de las últimas ediciones del Festival Internacional de Poesía Moncayo, organizado por la impagable Trinidad Ruiz Marcellán, fundadora de la ya legendaria editorial aragonesa de poesía Olifante. Era una noche calurosa a los pies del gran monte; en ese momento, un grupo lo trepaba con linternas. Haciendo corro a cócteles, cortezas, se encontraban -entre otros afines- Reyes y David, directores de las vistosas Ediciones Pregunta de Zaragoza; Manuel Martínez Forega, Agustín Porras, José Ángel García, Luis Tamarit; Antón Castro, Columna Villarroya... Al día siguiente, todos tributaríamos en Veruela.

Lo contó Trinidad y lo corroboró Ángel Guinda, esgrimiendo el gracejo socarrón exhalado desde la cantarina habla mañica, tan acusada en ambos: Un habitante del pequeño pueblo de Litago se quejaba de insistentes molestias, anunciando que pronto fenecería, no haciéndole nadie mucho caso en su entorno familiar. El buen señor redactó una breve y certera frase y metió el papelito en un sobre que dio a sus allegados para que lo abriesen después de su óbito. Y hoy la leyenda luce, oronda, en el cementerio de Litago: YA DECÍA YO QUE ESTABA MALO.¡Mañico hombre preclaro! No hay que olvidar que la voz "maño" se sitúa, etimológicamente, en un sentido irónico del vocablo latino "magnus".


Última hora. Noticia de alcance. Mi viejo amigo el escritor y periodista gallego Francisco López-Barxas me comunica que en el camposanto de su pueblo orensano se lee, en una ostensible lápida frontal, la siguiente inscripción que exhibe un muy palmario doble sentido: AQUÍ YACE MI ESPOSA ANGELINA, TAN FRÍA COMO SIEMPRE...

Porque un muy atrayente mérito literario (ay, tan inusual) del epitafio viene de su ironía, la marcada distancia entre dos realidades adversas, la de la muerte y la de la vida. No conozco mejor definición de la ironía que la de Fernando Pessoa: “La esencia de la ironía consiste en no poder descubrirse el segundo sentido del texto por ninguna de sus palabras, deduciéndose, sin embargo, ese segundo sentido , del hecho de ser imposible que el texto deba decir aquello que dice.” (La traducción al español es del gran poeta y lusitanista Ángel Crespo).

Los romanos se enrollaban mucho en sus epitafios. En las tumbas, el cincel adquiría claro protagonismo. A los romanos les placía resumir su vida, y sobre todo su oficio, en esas inscripciones póstumas. A los lados de la aún bien asentada Vía Apia, saliendo de la misma Roma, pueden apreciarse aún estas inscripciones. Así rezaba el epitafio de un pobre inquilino de una de esas frágiles insulae (endebles edificios como serían hoy toscos bloques) de la ciudad del Tíber: YA NO ME PREOCUPA MORIR DE HAMBRE. ME HE LIBERADO DE MIS DOLORIDAS PIERNAS Y DE CONSEGUIR UN DEPÓSITO PARA EL ALQUILER. DISFRUTO DE COMIDA Y ALOJAMIENTO GRATIS POR TODA LA ETERNIDAD. Lo cita Mary Beard en uno de sus entretenidos libros sobre la historia de Roma.

El que más se entusiasmó, en este sentido, fue el emperador Augusto, extendiéndose sobremanera en el monumental Ara Pacis que ideó para que su memoria, ampulosamente, perdurase.

Otra tumba romana quita hierro al asunto: NO EXISTÍA. HE EXISTIDO. YA NO EXISTO. ¿QUÉ IMPORTANCIA TIENE? Ya que los romanos, paganos, no creían en una vida eterna tal como los cristianos luego la concibieron. Pensaban solamente que las almas se introducen en un infierno sin valoración moral, donde las sombras de lo que fueron se ocultan en un ámbito subterráneo hollando a disgusto un despreciable fango.

Pero mi epitafio preferido es uno que proviene de la desdichada Pompeya, de un afortunado que se ahorró el gran desastre de la erupción del Vesubio. Es una cabal expresión sintética, económica al cien por cien y que no puede ser más atinada: QUOD FUERAM NON SUM = LO QUE YO HE SIDO YA NO SOY.

sábado, 13 de junio de 2020

Un par de anotaciones sicilianas

Vista aérea desde Erice

Erice

La actual Erice es la depravación, descarada e infame, de un pasado que no pudo sostener, perpetuándolo, la erigida belleza de sutiles razones, delicadas e inamovibles.

Ciertas solemnidades se implantaron a la caída de ese Imperio. Y aquellas sugerentes columnas espigadas dieron paso a compactos muros, impenetrables y almenados.

Luego las calles fueron insolentemente empedradas. Sólo quedó la noble y acogedora umbría de un jardín recoleto y las incomparables vistas circundantes.

Hoy la coyuntura está salpicada de restaurantes con mobiliario de metacrilato. Y un parquímetro obligatorio donde el precio de la primera hora de estacionamiento sube, con lironda desfachatez, a dos euros.

Y ni rastro de Anquises.


San Liberale de Trapani

San Liberale dicen que fue centurión o algo parecido y que además fue liberado del pecado del paganismo, siendo primero mártir, luego santo. 

Hoy disfruta de una sosegada y amable madurez eterna, renovada jubilación, merodeando en los alrededores de su modesta iglesia; sin embargo, para siempre ya mora con la dichosa calma de un sencillo pagano de la decadencia.

Ahora fuma en pretiles, en los bancos del paseo del puerto, con la rubia mozuela de la trattoria. Se protege en invierno de la brisa marítima con chaqueta de pana. Y da algunas patadas al balón de unos niños.

Es visible para los niños, la camarera de la trattoria y alguna que otra aura sensible. E invisible para el turista, los profesores que viven en Erice y el párroco de la chiesa di San Liberale.

Se pasa densas horas cabizbajo en una esquina de esa tosca cabañita eclesial leyendo El guardador de rebaños en un viejo ejemplar.


Muy atinado, San Liberale también cree que, así como Alberto Caeiro alababa el río de su aldea por encima del renombrado Tejo, para él, asimismo, las modestas olas que, monótonas, lamen el espigón de Trapani, superan en candor todo el prestigio del Tirreno.


(Fotos: Rosario Quevedo)

Iglesia de San Liberale en Trapani